BERTRAND TAVERNIER: Desde 1920 dicen que el cine ha muerto

Bertrand Tavernier es un maestro. Dicho con mayúsculas. Es Historia del cine. Francés, claro, pero si se tratara de un cineasta cuya carrera se hubiera desarrollado en Estados Unidos no citaríamos la nacionalidad porque se sobreentendería. Olvidémonos entonces de la suya y digamos que es uno de los más grandes nombres vivos de un arte que él conoce a la perfección, tanto por haberlo hecho bien como por haberlo visto todo. O casi todo, por si acaso. Sus enormes conocimientos los demuestra en Las películas de mi vida, cinta documental de tres horas que él mismo dirige y en la que narra sus experiencias con un arte que, como le contó a La Cronosfera a su paso por Madrid, es capaz hasta de curar.

 

Bertrand Tavernier
El gran Bertrand Tavernier

-Pregunta: Su pasión por el cine, como cuenta en la película, comienza en un hospital de Saint Gervais, ¿cree que el cine ayuda a las personas internadas por enfermedades?
-Bertrand Tavernier: Creo que el cine me ha ayudado a superar muchísimos problemas físicos. Sencillamente porque me permitía soñar. Yo respiraba aire en los western y esto me devolvió la salud. El cine me permitíó también superar momentos de soledad. El aspecto, muy difícil, de la vida en un internado… afortunadamente siempre tenía el cine y podía encontrar calor en las películas. Porque yo odiaba el internado. Y recientemente he tenido un cáncer, y el trabajar en esta película, por elegir extractos de películas, por escribir textos, me ha permitido curarme cuatro meses antes de lo que los médicos preveían. Así que creo que la admiración es un sentimiento vigorizante, como una vitamina.
-P.: Me ha gustado muchísimo el episodio dedicado al actor Jean Gabin, con todas esas anécdotas sobre el tipo de trabajo que realizaba y el tipo de personalidad que tenía, y quería preguntarle si usted como director encuentra positivo que un intérprete sea de este modo.
-B. T.: Sí, totalmente positivo, porque a menudo tenía razón. Cuando él cortaba las réplicas tenía razón. Dicho esto, no creo que hiciera lo mismo con (Jean) Renoir o (Julien) Duvivier cuando encontrara que estaba bien lo que decían, no se oponía a ellos. Pero era alguien que tenía un concepto muy elevado de su oficio. Él hacía como que le importaba un bledo, y tenía cierta pereza también. No le gustaba nada salir al extranjero y hay algunas películas que quería que se rodaran al lado de donde vivía. Pero cuando era un tema importante, él estaba ahí.
Hay un momento en el documental, la historia de las escaleras, que no quería subir escaleras por superstición. Tenía miedo de coger una enfermedad del corazón subiendo escaleras, así que el director siempre tenía que cortar después de tres peldaños. Excepto que cuando estaba en off, bajo la mirada de Simone Signoret, que subió todas las escaleras. Solo cuando la cámara no estaba filmando. Y eso era porque quería ayudar a una compañera que respetaba, que oía sus pasos y que con su mirada seguía esos pasos. A eso yo digo Chapeau.
Y es cierto que Gabin, que en un momento dado asustaba a los jóvenes cineastas, porque tenía mucha gente alrededor que quería imponerse. Si Claude Sautet hubiera querido rodar con él, habría aceptado. Si hubiera un director en el que él confiaba, hubiera aceptado. Yo hablé de un proyecto con él. Muy tímidamente. Le dije: seguramente me dirá usted que no, porque al final de la película se va usted a morir. Y él me dijo: Pero Tavernier, si ya me he muerto en al menos veinte películas, no le veo ningún problema. Pero murió dos meses más tarde. Así que nunca supe si hubiera dicho sí o no.
-P.: Usted habla de un primer shock cinematográfico. Es un término llamativo, porque va más allá de que le haya gustado lo que ha visto, ¿los sigue teniendo, esos shocks?
-B. T.: Sí, a menudo. Alguna película reciente me ha producido un shock formidable. El documental de Raoul Peck I am not your negro, sobre James Baldwin, que para mí fue extraordinaria.
-P.: ¿Entonces sigue siendo más espectador que director?
-B. T.: No, no más. Primero soy un director pero sigo siendo un espectador. Primero director. Ese es mi oficio. Yo soy cineasta y me expreso en mis películas. Pero sigo siendo espectador al ver películas o al luchar por autores. A la hora de ir a Bruselas para pelearme contra la gente de la Comisión Europea, que siguen sin firmar el decreto de hace tres años para que Netflix tuviera que estar sometido a las mismas reglas que Televisión Española o que Canal Plus. Tenían que seguir las mismas reglas, y hace tres años que existe ese decreto y que Netflix tiene unas ventajas increíbles en relación al Canal 4, Canal Plus o cualquier cadena pública, y no pagan impuestos. Evitan los impuestos. Yo he ido dos veces para hablar con gente de la Comisión, así que sí, sigo movilizándome para defender la legislación europea. Y me encantaría que hubiera cineastas españoles que vengan a apoyarme, porque aparte de Almodóvar, no hay muchos cineastas españoles que vengan a defender estas posiciones en Europa.
-P.: Al hilo de Netflix y las nuevas tecnologías, Martin Scorsese ha llegado a decir que el cine ha muerto debido a esto, aunque luego acabó firmando un contrato con ellos.
-B. T.: Bueno, se dice que el cine ha muerto desde 1920. Cada cinco años se dice que el cine ha muerto. Pero por el momento eso no es así. Lo que recaudan las taquillas es enorme y Netflix produce películas, pero es un peligro. Como todas la compañías americanas que evaden los impuestos y que hacen perder a España, Francia o Alemania. Por el momento es la dictadura de las multinacionales gracias al señor Juncker. De ellas depende que puedan escapar a todas las reglas que hacen que el cine y la televisión europea puedan o no sobrevivir.
-P.: Ha mencionado a Almodóvar y me gustaría saber si cree que el cine español es más respetado fuera de España. En Francia, por ejemplo.
-B. T.: Yo no soy crítico de cine. Yo sé que hay películas españolas que me encantan pero no estoy aquí, no vivo aquí y no es mi oficio. Mi oficio es hacer películas, no puedo responder a esa pregunta.
-P.: Las películas de mi vida tiene un momento fabuloso, ya en los créditos finales, en los que usted se pregunta qué se habría dicho en el rodaje de la primera película de la historia del cine, de los hermanos Lumiére para empezar a rodarla. Si se habría dicho ¡Acción! o exactamente qué. ¿Cómo surge esa conversación tan significativa teniendo en cuenta que el cine nace en Francia?
-B. T.: Surgió en un debate después de la proyección de la película. Alguien dijo que sus padres habían trabajado en la fábrica de Lumiére y que utilizaban una campanilla. Sonaba y la gente se iba. Así que esa era la respuesta. Ahora espero la confirmación.
-P.: ¿No es una contradicción que ahora, cuando se hacen más películas que nunca, incluso con el teléfono móvil, se estudie tan poco el cine clásico y haya tan poco interés por él? Hay muchos jóvenes que el cine en blanco y negro no lo quieren ni ver.
-B. T.: Pero creo que estudiamos muy poco el pasado en todos los ámbitos. Si los políticos estudiaran más el pasado, quizá harían menos tonterías. Y lo mismo para la literatura. No se estudia a Balzac ni a Flaubert. De Balzac, en Las ilusiones perdidas, en la página 409 hay un aviso sobre el periodismo que es terrible porque dice que el periodismo es la pérdida del ser humano. También dice que habría que hacer una ley para prohibir que los gastos de justicia, ujieres y procuradores sobrepasen la cuantía de una deuda. El número de personas actualmente en Francia que son desahuciadas porque las deudas de electricidad… Yo tengo una escena en Todo empieza hoy donde una deuda se multiplica por diez por los gastos de justicia, procuradores, abogados… y es una frase de Balzac de 1820. Y uno se dice que desde 1820 no ha habido ningún progreso. Es un tema para la reflexión.
Silvia García Jerez

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