EL ARTE DE VOLVER: Reinterpretar la vida
Que volver es un arte, más allá del trabajo artísitico al que te dediques, es algo que está a punto de descubrir Noemí (Macarena García) cuando regresa de Nueva York tras una estancia allí sin que le surgieran los proyectos como actriz que estaba esperando poder interpretar cuando se marchó a probar suerte más allá de nuestras fronteras.
Las cosas no le han funcionado como pensó que lo harían y tras trabajos que no podría poner en el currículum, como algún que otro anuncio televisivo que pocos o incluso nadie ha visto en Madrid, Noemí decide que ésta va a volver a ser la ciudad en la que viva.
Y a Madrid regresa pensando que se va a encontrar lo que aquí dejó, pero tampoco su vuelta es como la imaginaba, porque todo es diferente, solo que le cuesta averiguarlo porque también a su entorno le resulta duro hacerle asumir una realidad de la que ha estado tanto tiempo alejada.
Así las cosas, su abuelo (Celso Bugallo) está en una residencia y no le queda mucho tiempo más; su prima Laura (Mireia Oriol) le recrimina que no le haya hecho caso, pero ni a ella ni a la familia, desde luego no el que debería; su amigo Carlos (Nacho Sánchez) le abre los ojos con respecto a las pruebas interpretativas que acepta, ya que no tiene término medio y acepta lo primero que se le proponga simplemente porque es trabajo; y su gran amiga Ana (Ingrid García-Jonsson) también le muestra una realidad que no era la que esperaba.

Pedro Collantes, director de El arte de volver, admite que la película está basada en muchas de sus experiencias, que no son precisamente positivas, pero que hay que afrontarlas. La vida cambia y nosotros tenemos que cambiar con ella, nos guste o no.
Macarena García, la protagonista de esta historia, soporta el peso de una mujer a la que entendió desde el principio por la humanidad que desprende el guión al que tiene que enfrentarse, pero que, reconozcamos, no es un trabajo fácil para un actor. Páginas y páginas de guión en escenas larguísimas a las que el proyecto Biennale College Cinema obligaba, comprimieron tan complejo ejercicio en 11 días de trabajo que no pudieron resultar más satisfactorios.
Noemí supura verdad, naturalidad, es la vida en su expresión más dolorosa, la de quien se da cuenta de que su entorno ha cambiado y ha crecido a su espalda, sin contar con ella, básicamente porque no estaba y no se sabía cuándo iba a volver.
El arte de volver retrata entonces la sobriedad con la que vida pasa por tu vida, el poco respeto que tiene el tiempo a lo que sientes y a lo que quieres conservar. Tu familia está ahí, pero si no le prestas atención, se va a ir de tu lado, y le vas a dejar de importar. Y lo que es peor, te lo va a decir si le insistes porque la razón, por mucho que hayas vuelto a casa, no la tienes tú. Tú eres quien te tienes que volver a acomodar.
Y en la amistad, lo mismo. Encontrar a los amigos supone volver a conocerlos. Físicamente son los mismos pero ya os separan más cosas de las que os unen. Mantener fresco el día a día no es fácil, es incluso imposible, y recuperarlo es poco menos que una idea que vas a tener que abandonar.

El arte de volver está contada con una franqueza que duele pero que también resulta admirable. No siempre es fácil lograr ese nivel de autenticidad que tiene la vida, y Pedro Collantes lo alcanza como si estuviera abriendo bombones.
Cada escena es un reto y la solventa con precisión y ternura, acariciando a un personaje que no sabe que la vida no es una ficción que puedas interpretar, y los demás la van a ir vapuleando, así que no está en su mejor momento, pero al que hay que seguir apoyando para intentar recomponer y que no se rompa más. Pero las grietas se van abriendo a medida que camina y es inevitable que Noemí pase por el trance de admitir que su vuelta está siendo su papel más complicado.
El arte de volver es la humanidad hecha cine. Las lágrimas brotan, las sonrisas, los abrazos, todo lo que alguien requiere para afrontar un cristal que veía de otro color y ante el que tiene que limpiar bien las gafas. Y Macarena García, y el resto del reparto, pero sobre todo ella, brilla de una manera excepcional, llegando a conmovernos con cada reacción, a cada mirada de perplejidad, mientras su jaula se va haciendo más pequeña cuando pensó que volver de un lugar donde no la aceptaban iba a traerle la felicidad que allí no encontró.
El arte de volver es cine en su estado más delicado. Es un ejercicio de exposición de dolor pero también de terapia, con el que encontramos a un cineasta al que seguirle los pasos de cerca, a unos actores en estado de gracia y una historia que nos reconcilia con el cine más auténtico.
Silvia García Jerez