ALTAS CAPACIDADES: Aspiraciones inalcanzables

Altas capacidades une el talento de Víctor García León y Borja Cobeaga en la escritura de un guión, y ese dato ya nos pone sobre aviso de hasta qué punto la comedia que se traen entre manos está atravesada por una feroz crítica social, de tal calibre que por momentos podremos verla transformada en un drama o incluso en una película de terror, si apuramos la apreciación.

Por un lado, Borja fue artífice de los guiones de Ocho apellidos vascos, Negociador o de la fabulosa mini serie No me gusta conducir, en la que la el alumno era un talludito -para sacarse el carnet- Juan Diego Botto. A su vez, Víctor García León firmó y dirigió Vete de mí, donde también estaba Juan Diego Botto, la agridulce y sensacional Selfie o las series Vota Juan, Vamos Juan y Venga Juan, con Javier Cámara en el papel de dicho personaje. Así las cosas, Altas capacidades no iba a tener menos mala leche ni iba a ser más complaciente.

Aquí hablan de clases sociales, de moral, de ética, de racismo, de hipocresía y de ver todo eso desde la precariedad como piezas de un puzzle con el que no están de acuerdo pero que están resignados a asumir si quieren pertenecer a una élite a la que tienen posibilidades de ascender.

En primer plano Fer, el niño que desata la situación que da lugar a la película, 
en el fondo, su madre (Marian Álvarez)
En primer plano Fer, el niño que desata la situación que da lugar a la película,
en el fondo, su madre (Marian Álvarez)

Y es que Altas capacidades comienza cuando la pareja formada por Alicia (Marian Álvarez) y Gonzalo (Israel Elejalde) es informada por el colegio público al que va su hijo Fer, que no puede seguir ahí, que es un problema para ellos porque tiene altas capacidades y no se integra bien en la clase. Deberán apuntarlo a otro mejor en el que puedan hacerse cargo de él y de sus necesidades. Ellos ven que el niño no responde del todo a lo descrito pero no tienen más remedio que buscar otro centro en el que matricularlo porque básicamente lo que están es expulsándolo. Y se ponen en contacto con la directora del nuevo al que les gustaría llevarlo (Pilar Castro), que les deja claro que allí no entra cualquiera y que, además, tienen una ratio muy baja, 20 alumnos por clase, ni uno más. Si quieren una plaza deberán esperar a que ésta salga.

En lo que esperan a que eso suceda, si pasa, ellos van enfocando su vida a lograr un estatus que aún no tienen, entablando una relación más estrecha con el jefe de Gonzalo, Domingo (Juan Diego Botto), y enfocando su día a día hacia la práctica de actividades a las que siempre han sido ajenos. Todo por intentar encajar en un mundo que en realidad no es el suyo.

Comedia aparente, y eficaz en munchos momentos, Altas capacidades nos ofrece un mosaico de actitudes habituales entre quienes conviven en las esferas del poder. Expone un abanico de acciones de una oscuridad tan innegable, tanto en el ámbito laboral como en el más íntimo, de familia y amigos, que necesariamente destapa personalidades con una moral dudosa capaces de llevarlas a cabo sin remordimientos. Tal vez sean tomados como estereotipos para que la narración fluya, para señalar con contundencia las malas praxis de los que mandan, pero es tan reconocible cada paso que dan que lo que resultaría extraño es que fueran de otro modo. Tipos hipócritas, con doble cara, que enseñan la que la situación requiere para lograr sus intereses. Serán más o menos simpáticos pero aunque creas que están de tu parte, están sólo de la suya.

Domingo (Juan Diego Botto) es el jefe de Gonzalo (Israel Elejalde)

Por eso, Altas capacidades puede verse más que como una comedia, que lo es, como una sátira, pero terrorífica. Dentro de la secuencia de la fiesta la escena en el cuarto de baño pone los pelos de punta. La naturalidad con la que sucede todo allí dentro da una idea de la interiorización de las costumbres más turbias que la clase alta tiene asumidas como lógicas. Y da miedo verlas desde el punto de vista de alguien tan normal como un ciudadano que nada tiene que ser con gente así, porque resalta la condición de infracción ilegal que se está cometiendo con la impunidad de quienes llevan haciendo actos semejantes durante tanto tiempo que ya ni se plantean que eso sea una barbaridad.

Y esos momentos en los que Gonzalo no sabe cómo zafarse de aquello en lo que no se quiere meter por aparentar lo que no es es el alma de una película que en realidad retrata una mentalidad a la que muchos, si no todos, nos adaptaríamos si tuviéramos la oportunidad. Por eso Altas capacidades da tanto miedo. Es espeluznante asistir a esa continua humillación a la que la pareja protagonista se presta por interés. Y lo es aún más ver hasta qué punto la alta sociedad puede arrastrar a sus congéneres a las costumbres más deleznables. No ahonda más en ellas precisamente por tratarse de una comedia, pero nos queda bastante claro por dónde podría continuar el camino hacia el que apunta.

Sus protagonistas están espléndidos. Marian Álvarez e Israel Elejalde transmiten maravillosamente el perfil de dos personas de clase trabajadora a la que les encantaría subir de estatus pero a las que les resulta más complicado de lo que parece. Aunque el que está sensacional es Juan Diego Botto, secundario sensacional metido en la piel de ese jefe aparentemente amable, siempre embaucador, nunca sincero del todo, capaz de cualquier cosa para lograr lo que quiere a costa de quien sea. Un pijo pelota que es la antítesis de un actor comprometido con los temas sociales y que sería, en la vida real, incapaz de hacer aquello de lo que aquí hace gala con retorcida sutileza.

Altas capacidades es una obra maestra. Cine tejido con una finura exquisita que nos adentra en un mundo, el contemporáneo, en el que la gente normal cada vez lo tiene más complicado para sobrevivir con dignidad, un mundo en el que ser fiel a tus principios y a tu moral puede ser un obstáculo para alcanzar objetivos de cierta altura social. El capitalismo no perdona, es inflexible, implacable, pero también puedes mirarlo de reojo y asumir que su ferocidad está diseñada para otros. Y no pasa nada, o sí, pero a veces es mejor no tener que elegir.

Silvia García Jerez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *