ALCARRÀS 

Muy de campo, muy de familia y muy de verdad 

Clara Simón deslumbró en su debut con Verano 1993, colocando su nombre en el panorama del cine español.
Recientemente en Berlín, Alcarràs, su segunda película, ha encantado tanto que ha sido premiada con el Oso de Oro, haciendo historia en el prestigioso festival. 

Con un cine muy personal, el de Clara Simón es todo tiempo y emoción.
Un tempo muy cuidado junto una lograda técnica cinematográfica que consiguen la belleza y el sentimiento en cada plano, a cada instante. 

No obstante, estando todo muy pensado, estudiado y ensayado, pudiera quedar forzado en coreografías de momentos como postales y abusar de cierta teatralidad dirigida, ya sea con intérpretes naturales, o de escuela. Sin embargo su cámara y sus historias llegan siempre hasta la verdad, hasta una verdad que quiere contar y como ella quiere contarla. 

Si bien, su primera película nos contaba el duelo y la catarsis de una niña que ha perdido a su madre por un virus en tiempos del SIDA, en Alcarràs la pena es por la tierra, por la vida rural, por dejar morir las cosechas, por dejar de vivir del campo y por poder vivir en el mismo.

Ambas tan personales como autobiográficas se acercan al drama y rondan la muerte, mas todo se llena de autenticidad y vida en su cine. Y así la pequeña de Verano 1993 es casi ella, realmente desde su mirada infantil, mientras el pueblo que da nombre a su siguiente filme es donde solía pasar las vacaciones y de donde vienen muchos de sus recuerdos familiares. 

En Alcarràs también es época de estío y tiempo de cosecha. 

En verano parece que todo es alegría. Y los tractores son trenes de feria entre los cultivos. 

Y entre tanto, las cooperativas y las nuevas plantaciones, ya sean minifundios de hierba o extensiones de placas solares, alrededor de una familia numerosa -como ya no se suelen ver-, mostrándonos la vida pasar de manera coral y con sus distintas perspectivas, enfrentándose a aquello que está pasando, o va a ocurrir, mientras un reloj de sol preside su existencia desde el patio con piscina de la casa rural, pegada a las plantaciones de las que viven. 

Una familia creada para el filme, aunque sean del mismo pueblo y todos se conozcan, con ese abuelo con esa buena planta de vaquero aún siendo agricultor, y la abuela. Madre y padre. Y sus hijas, los yernos, cuñaos, tíos, tías, sobrinos y sobrinas, primas y primos, hermanas y hermanos, nietas y nietos que, abarcando casi todas las edades, se debaten ante unos frutales que exigen ser sustituidos por paneles de energía natural, de esa otra renovable según el clima. Por el progreso, que dirían algunos, pues el campo se está muriendo… Pero ya no es como antes, cuando patrón y payés se entendían de palabra, con un trueque de refugio y tierra en época de guerra, sin un contrato que guardar o pedir. Cuando ahora, vale más tirar la fruta que venderla por los kilos recogidos de sol a sol, mano a mano, junto a esos emigrantes que llegan con otras costumbres, para ayudar por temporada y jornal, sintiendo igualmente el trabajo, el cansancio, la vida y la muerte. 

Mientras ahí queda la paradoja de esa tendencia de volver a lo rural, pues los urbanitas también necesitan del campo para sobrevivir. 

Alcarràs emana y respira autenticidad, más allá de practicar un estilo cuasi documental (cercano a Los espigadores y la espigadora de Agnès Varda, sobre recolectores, cosechas y los entornos que genera), donde todo queda reflejado maravillosamente a través de sencillas acciones o miradas, buscando la reacción y encontrando la verdadera emoción.  

Contando con un reparto que está de premio, con unos intérpretes que sin saber actuar, saben ser madre y esposa para dar un masaje en la espalda molida del jornalero, mientras los críos hacen los deberes. Que igual saben ser una adolescente ensayando un baile para las fiesta pueblo, con las amigas de brillis y maquillaje, en medio de un páramo. Que de un chaval que duda en ir al colegio cuando es el mejor de la cooperativa y en el after, que va de machito con su hermana y sus pretendientes, y no entiende a un padre lloriqueando ante la plantación, pendiente del riego y los palets; un tipo enraizado a la vida que conoce y con un parecido que recuerda al actor Sergi López en voz, maneras y talento natural. Como el de esa niña de quien se enamorarán, jugando en un destartalado Citroen 2CV cual nave espacial, viajando lejos de ese lugar en el mundo donde es feliz, donde además puede cantar a su yayo himnos campesinos de antaño, tras una tarde de siesta y helado de merienda. 

Ahí está el paraíso de la infancia, el ensimismamiento adolescente y la rebeldía juvenil dentro de una estructura familiar, de profunda herencia de campo. 

Y luego, están los conejos. Aquí y allá. Conejos apareciendo por doquier; escapando de ser cazados, o ya siendo cadáveres que hay que retirar, convertidos entonces en comida, ofrenda, regalo, travesura, o venganza… Pues el cine de Simón transita por la vida y la muerte determinando su mirada, hasta alcanzar una catarsis final, calmada y luminosa, que en Alcarràs acontece en una imagen tan bella como dura, con los adultos alrededor de unos tarros de conserva con los últimos melocotones recogidos, y los más pequeños correteando por ese patio con piscina y reloj de sol, pegado a los cultivos que quizás ya no vuelvan a crecer, que quizás den otros frutos… 

Mas según vengan las estaciones, el campo ahí seguirá.
Aún con los ecos oscuros de Los santos inocentes, que me vienen a la cabeza por estampa familiar, jerarquía y costumbrismo. Por ese valor de la tierra y de un progreso que dio lugar a la España vaciada, como ahora se llama al campo. Y además, por recordar a Juan Diego, quien interpretó soberbiamente al señorito en el filme, y acaba de dejarnos -y cabe también mencionar el montaje teatral que llega próximamente, con Javier Gutiérrez y Luis Bermejo, recuperando ese asombroso texto de Delibes que también es muy de la tierra-.

Ahí quedará la tierra hasta que todo y todos seamos polvo.
Y vendrá el otoño y el invierno, y se darán cuenta de todo el esfuerzo y sufrimiento, como decía una de Las tres hermanas de Chéjov.

La cinta de Simón, ganadora en la Berlinale, recién se estrenó en Alcarràs con el pueblo como público, el reparto presente y toda la gente que ha formado la película, viendo su vida reproducida en pantalla grande. 

Este finde llega a las salas de cines. Ya sean de pueblo o ciudad, hagan por verla. 

Disfrutarán de un filme sencillo pero monumental, de profunda composición y personalidad.

Muy de campo, muy de familia, con mucha verdad y mucha vida.

Mariló C. Calvo 

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