Norte de Vietnam (II): Legado histórico, aventura impostada y carne de perro.

“Los franceses podían aguantar siempre que los chinos no vinieran en ayuda del Việt Minh. Una guerra de selvas y montañas y pantanos, arrozales donde uno se hunde hasta los hombros, y el enemigo sencillamente desaparece, entierra las armas, se viste con ropas de campesinos.”

En su novela El americano impasible, Graham Greene reflexionaba con precisión sobre la incapacidad de las tropas coloniales francesas para contener a la guerrilla del Việt Minh en el norte de Vietnam. Un territorio escarpado, indómito, que parece diseñado específicamente para la guerra de guerrillas.

El refugio secreto de Pác Bó

Para el pueblo vietnamita, esta zona del país atesora un significado histórico verdaderamente profundo. En febrero de 1941, Hồ Chí Minh regresó en secreto a Vietnam tras haber pasado más de treinta años en el exilio. Escogió el remoto enclave de Pác Bó como su base de operaciones estratégica. Allí se refugió y comenzó a organizar la resistencia contra las fuerzas de ocupación francesas y japonesas.

Visitar estos parajes permite experimentar el fervor patriótico y el inmenso orgullo que los vietnamitas sienten por su historia. En el caso concreto de Pác Bó, este sentimiento se materializa en un hito de carretera gigantesco. No es un simple monumento: señala simbólicamente el Kilómetro 0 de la legendaria Ruta Hồ Chí Minh.

Una tonelada de bombas por habitante.

Vastísimo y laberíntico, este sistema logístico clandestino combinaba carreteras, senderos, túneles, puentes y vías fluviales serpenteando por la cordillera Annamita entre Vietnam, Laos y Camboya. Durante el conflicto bélico, esta red arterial resultó vital para el abastecimiento del Viet Cong en el sur por parte  del gobierno del Norte. De esta manera, se pudo sortear con éxito la Franja Desmilitarizada.

El ejército estadounidense desató sobre la ruta la campaña de bombardeos y defoliación química más devastadora de la historia. De hecho, convirtió a Laos en el país más bombardeado del mundo, con 1.000 kg de explosivos por persona. A pesar de esta gran destrucción, la vía nunca dejó de operar y se transformó en un factor decisivo para la reunificación del país.

Junto al gran hito conmemorativo se encuentra la Casa de Exposiciones del Sitio Histórico Especial de Pác Bó. Este museo explica las batallas más importantes del conflicto y exhibe diversos artefactos bélicos. Tras recorrer el edificio, un agradable paseo al aire libre permite adentrarse en la naturaleza para descubrir los puntos clave de aquel periodo. Entre ellos destaca la cueva donde Hồ Chí Minh se refugió para planificar la revolución.

Desafío sobre dos ruedas en el paso Khau Coc Cha

Dejamos atrás la historia y nos ponemos al mando de nuestra moto de 125 cc. Nos disponemos a atravesar uno de los pasos de montaña más célebres de Vietnam: el puerto de Khau Coc Cha, conocido popularmente como el Zig-zag Pass.

Si abordas esta carretera desde el este, el trazado resulta cómodo y tranquilo. Sin embargo, su vertiente oeste cambia por completo. Esta cara ofrece un vertiginoso descenso articulado en catorce curvas de horquilla perfectamente trazadas. Por ello, la bajada es un verdadero placer para quienes conducen, aunque puede ser menos relajante para los «paquetes». Además, un pequeño sendero permite acceder a un mirador espectacular desde donde se aprecia la carretera en toda su magnitud.

El cañón de Tu Sản

Nuestro tercer día de travesía arranca con un cambio de provincia. Dejamos atrás las tierras de Cao Bằng para internarnos primero en Tuyên Quang y, posteriormente, penetrar en la provincia de Hà Giang. Nuestro objetivo principal es alcanzar el cañón más profundo de todo el Sudeste Asiático.

El río Nho Quế nace en la vecina provincia china de Yunnan. Sin embargo es al cruzar la frontera con Vietnam donde firma una auténtica obra de arte geológica: el Cañón de Tu Sản. Esta excentricidad geológica es una brecha vertical colosal flanqueada por paredes de roca kárstica que alcanzan casi mil metros de altura.

Para recorrerlo, dejamos la moto aparcada y nos embarcamos en una de las muchas pequeñas embarcaciones que se adentran en las aguas del cañón. Resulta llamativo comprobar cómo en la proa del barco hay instalada una pequeña plataforma de césped artificial. La razón de semejante añadido se desvela poco después: al alcanzar el punto más pintoresco y fotogénico del trayecto, el patrón detiene la embarcación para permitir que los viajeros se turnen y se hagan fotos sobre ese pequeño e impostado trozo de césped flotante.

Turismo de aventura impostada y alcohol barato en Hà Giang.

Hasta este momento, nuestro periplo se había desarrollado en un ambiente de lo más «auténtico», sin apenas presencia de turismo internacional. Sin embargo, ese aislamiento está a punto de cambiar de forma radical.

El denominado Hà Giang Loop es una ruta circular en motocicleta que empieza y termina en la ciudad de Hà Giang. En los últimos años, este recorrido ha vivido una gran explosión turística que refleja muy bien la evolución del viaje de «aventura» en la era de Instagram.

Lo que nació como un itinerario remoto para viajeros intrépidos se ha masificado a gran velocidad. Hoy en día predomina el turismo comercializado en grupo. En estas rutas, nutridos grupos de jóvenes priorizan la adrenalina sobre dos ruedas, la búsqueda de la foto viral y la fiesta nocturna. De este modo, la diversión rápida suele imponerse a una inmersión genuina en la rica diversidad cultural y étnica de la región.

Dentro de este ecosistema destaca la presencia constante de grupos de jóvenes israelíes. Tras completar el servicio militar obligatorio, muchos recorren el Sudeste Asiático en busca de una catarsis colectiva a base de velocidad y cerveza antes de volver a la vida civil.

De este modo, la bella e histórica frontera norte cambia a gran velocidad. La región se ha ido transformando en una especie de parque de atracciones en moto para la juventud global. En este nuevo escenario, el entorno y la cultura local parecen haber quedado en un segundo plano.

Llegada a Đồng Văn y la vida en el mercado.

A eso de las cuatro y media de la tarde alcanzamos Đồng Văn, nuestro destino final de la jornada. Se trata de una ciudad pequeña y agradable que cuenta con algunos atractivos reseñables. Curiosamente, la localidad ni siquiera aparece mencionada en la guía de viajes que llevo en la mochila, lo que demuestra que, salvo por los moteros que hacen escala en la ruta, no es un enclave masivamente turístico. Nos alojamos en el pomposamente autodenominado Dong Van Resort, un complejo hotelero con cierto encanto casposo.

Deseoso de aprovechar las últimas horas de luz de la jornada, me dirijo al mejor lugar al que se puede acudir en cualquier ciudad del mundo si se busca capturar buenas fotografías: el mercado local. La estrategia que empleo en estas ocasiones es tan sencilla como eficaz. Monto el teleobjetivo en la cámara y busco un punto concurrido donde haya un flujo constante de personas. Lo habitual es que, por muy remoto o ajeno que sea el lugar en el que te encuentres, transcurridos apenas cinco minutos te vuelves completamente invisible para la gente local; dejan de prestarte atención. Es en ese preciso instante cuando surge la oportunidad de sacar la cámara y componer los mejores encuadres. Uno de los mayores placeres de viajar es, sin duda, fotografiar la espontaneidad de la vida cotidiana.

En el interior del mercado se vende lo esperable en una pequeña localidad vietnamita: alimentos frescos, prendas de vestir y diversos enseres del día a día. Sin embargo, en uno de los puestos de co

mestibles algo capta mi atención. Sobre el mostrador se exhiben varias «caretas» de carne que, en un primer momento, tomé por piezas de cerdo. Al detenerme y observar con detenimiento descubro que, efectivamente, son caretas, pero no de cerdo: son de perro. Era plenamente consciente de que en esta región del norte es habitual el consumo de carne de perro (thịt chó). Claro que una cosa es saberlo y otra muy distinta es tenerlo delante de los ojos.

El dilema ético de la carne de perro

El consumo de carne de perro sigue siendo un asunto profundamente polémico en la sociedad vietnamita. Quienes la han probado describen su sabor como terroso, con un perfil que recuerda al del jabalí. Esta carne, magra y jugosa, se transforma en un complejo despliegue de texturas y sabores a través del Cầy tơ 7 món. Este menú tradicional está compuesto por siete elaboraciones distintas preparadas a partir de carne de perro joven (cầy tơ).

Esta tradición gastronómica empieza a desvanecerse en el Vietnam contemporáneo. Históricamente, esta comida era un manjar festivo que se consumía al final del mes lunar para alejar la mala suerte. Sin embargo, los hábitos del país están cambiando a gran velocidad.

Por un lado, las instituciones presionan para proyectar una imagen cosmopolita hacia el exterior. Por otro lado, las generaciones más jóvenes prefieren tener perros como mascotas en lugar de cocinarlos. De este modo, esta costumbre ancestral se encamina hacia un lento e inevitable ocaso.

Los mercados rurales de muchos países en desarrollo son muy explícitos. Si venden carne de cabra, colocan la cabeza del animal junto a las chuletillas para certificar el origen de la pieza. Si se trata de aves, las sacrifican al instante para garantizar la máxima frescura. Los viajeros suelen estar acostumbrados a esta dinámica. Sin embargo, el caso de los perros provoca un impacto totalmente distinto.

En primer lugar, la dieta humana raramente incluye animales carnívoros, salvo peces y otras criaturas marinas. Pero, sobre todo, el perro es el resultado de miles de años de selección genética. El ser humano los ha criado para ser fieles, protectores y cercanos. Por ello, ver a un animal de estas características asustado y enjaulado a la espera del sacrificio rompe por completo cualquier esquema mental.

Miradores, karaoke y jolgorio vietnamita.

Para intentar sacudirme el mal sabor de boca que me ha dejado la visita al mercado, camino hasta las ruinas de la antigua Fortaleza Francesa. Como ocurre siempre con estas construcciones militares, está situada sobre una colina que domina la ciudad, ofreciendo una atalaya magnífica sobre todo el valle.

Sin embargo, el día todavía guardaba una última sorpresa. Al regresar al resort, me encuentro con un ambiente ruidosamente festivo. En un escenario al aire libre instalado en el patio han montado un karaoke. Para animar aún más a un público ya de por sí bastante eufórico, un grupo de danzas folclóricas ataviado al estilo tradicional norvietnamita baila al ritmo de los superéxitos de siempre: I Will Survive, Dancing Queen y demás clásicos infalibles. Cada pocos minutos, en alguna de las mesas estalla un escandaloso brindis colectivo al grito unánime de «¡Một, hai, ba, yo!» (literalmente «¡Un, dos, tres, abajo!», el equivalente vietnamita a nuestro «¡arriba, abajo, al centro y pa’ dentro!»).

Play

A pesar de todo el bullicio, el momento cumbre de la noche estaba aún por llegar. Se produjo pasadas las once, cuando depositaron un enorme palé de madera en mitad del patio del recinto. Casi antes de que pudiera darme cuenta de lo que ocurría, comenzó a arder justo debajo de mi habitación una hoguera de proporciones verdaderamente sanjuaneras.

Alrededor de las llamas, los locales que acumulaban ya unos cuantos Một, hai, ba, yo en el cuerpo bailaban entrelazados con los integrantes del grupo folclórico y con algún viajero extranjero despistado, prolongando la fiesta hasta que la última brasa quedó completamente extinguida.

Regreso —por fin— a la habitación con ganas de descansar y con esa inconfundible mezcla de ilusión y nerviosismo que se experimenta cuando sabes que la jornada de mañana volverá a estar llena de sorpresas en el camino.

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