Sonrisas y Lágrimas – La familia Von Trapp en el Teatro Alcázar
Hay melodías que capaces de transportarnos instantáneamente a un paisaje de picos nevados, abadías austeras y una indomable alegría de vivir. Sonrisas y Lágrimas (The Sound of Music), la obra cumbre de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II, regresa a la cartelera madrileña para demostrar por qué, tras más de seis décadas desde su estreno original, sigue siendo un bálsamo teatral infalible. En esta ocasión, el Teatro Alcázar de Madrid abre sus puertas a la propuesta de la productora Theatre Properties, bajo la atenta y minuciosa dirección de Silvia Villaú, ofreciendo una versión que prima la cercanía y la calidez emocional.
Antes de adentrarse en su dimensión más emocional, conviene recordar que Sonrisas y Lágrimas sitúa su acción en el Salzburgo de 1938. María Rainer, una joven novicia de la abadía de Nonnberg, posee un espíritu libre y una pasión por la música que chocan con la estricta disciplina del convento. La Madre Abadesa decide entonces enviarla como institutriz a la residencia del Capitán Georg von Trapp, un viudo y antiguo oficial de la marina austrohúngara que educa a sus siete hijos con una férrea disciplina militar. La llegada de María transforma poco a poco la vida de la familia: la música sustituye al silencio, los niños recuperan la alegría y el propio Capitán descubre sentimientos que parecían enterrados. Pero esa felicidad se verá amenazada por el ascenso del nazismo y la inminente anexión de Austria al Tercer Reich, un trasfondo histórico que dota al relato de una profundidad dramática que trasciende el mero cuento romántico.
Esta historia, basada en las memorias de Maria von Trapp, comenzó su andadura en Broadway en 1959, donde obtuvo de paso cinco premios Tony, incluido el de Mejor Musical. Dos años después desembarcó en el West End londinense y, desde entonces, ha conquistado escenarios de más de cuarenta países. Su adaptación cinematográfica de 1965, dirigida por Robert Wise y protagonizada por Julie Andrews y Christopher Plummer, se convirtió en un clásico absoluto del séptimo arte al alzarse con cinco premios Óscar, entre ellos los de Mejor Película y Mejor Dirección. Todo ese legado convierte cada nueva producción en un desafío, y esta versión presentada por Theatre Properties asume el reto apostando por la cercanía, el cuidado interpretativo y el respeto a una de las partituras más emblemáticas de la historia del teatro musical.
Llevar un musical tradicionalmente concebido para grandes escenarios a un espacio de dimensiones más íntimas como el Teatro Alcázar es, de partida, una declaración de intenciones. Lejos de amedrentarse por las limitaciones de espacio, la producción saca partido de esta proximidad física, convirtiendo la grandiosidad alpina en una experiencia de una cercanía casi familiar. La transición entre la abadía de Nonnberg, las montañas de Salzburgo y la mansión Von Trapp resulta fluida; sin necesidad de contar con un gran montaje de escenario, la propuesta escenográfica y visual —apoyada inteligentemente en el diseño de iluminación y proyecciones— resulta adecuada para situarnos con precisión en cada momento de la historia.
Sin embargo, esta escala más recogida trae consigo decisiones técnicas que han abierto el debate entre la platea madrileña. El espectáculo utiliza música pregrabada en lugar de una orquesta en directo. Algunos espectadores habituales de los teatros de la Gran Vía consideran que vender el show como una superproducción de gran formato sin músicos en vivo resta magia a la partitura inmortal de Richard Rodgers. Por contra, las opiniones más favorables señalan que el diseño de sonido está tan cuidado y las voces en riguroso directo son de tal calidad que la ausencia de foso apenas empaña la experiencia del espectador general, garantizando de este modo una velada redonda y cargada de nostalgia.
El verdadero motor de este montaje reside, sin duda, en su elenco. La interpretación de María Rainer —que baila entre la frescura y la madurez vocal— dota a la joven novicia de una humanidad radiante. Desde los primeros compases de la archiconocida pieza homónima, la protagonista logra ganarse la complicidad del espectador gracias a una delicada mezcla de candor y determinación.
La química con el elenco infantil es impecable. Los niños Von Trapp son, con diferencia, los grandes triunfadores de la función. La crítica alaba su disciplina, frescura y la tremenda coordinación que demuestran en números tan exigentes y milimetrados como Do-Re-Mi o So Long, Farewell (Adios). Lejos de caer en el cliché infantil o en la mera cursilería, estos jóvenes intérpretes sostienen con una solvencia pasmosa el peso rítmico y escénico del espectáculo, convirtiéndose en el alma del primer acto. Es en la interacción con María donde el montaje alcanza sus cotas más altas de ternura y complicidad, haciendo que el espectador crea de inmediato en el poder sanador de la música sobre el frío orden de la villa.
Por su parte, el Capitán Von Trapp (interpretado por Carlos J. Benito) ofrece el contrapunto idóneo con su evolución dramática esde la rigidez militar impuesta por el duelo, hasta la rendición emocional a través de la música. El momento en el que el Capitán vuelve a cantar junto a sus hijos, o la melancólica y patriótica interpretación de Edelweiss, se consolidan como algunos de los pasajes más emotivos y mejor resueltos de la función. Mención especial merece el plano vocal de la Madre Abadesa, cuya interpretación de Sube las montañas (Climb Ev’ry Mountain) eleva el listón del espectáculo al final del primer acto, desatando una de las ovaciones más sinceras de la velada.
El reto de Sonrisas y Lágrimas siempre ha sido equilibrar su indudable dulzura con la densa bruma política que se cierne en su segunda mitad. La inminente anexión de Austria por el régimen nazi introduce una tensión dramática que la dirección de Villaú maneja con sobriedad, evitando que el tono familiar de la obra reste gravedad al conflicto histórico. Los símbolos, la presión social y la huida final se integran en el metraje con un ritmo dramático que mantiene al público en vilo hasta el último acorde.
En definitiva, esta versión de Sonrisas y Lágrimas se presenta como un excelente ejercicio de adaptación. Sin perder el aroma clásico de la era dorada de Broadway, la producción de Theatre Properties apuesta por la honestidad interpretativa y la conexión directa con el espectador. Una propuesta intergeneracional, ideal para nostálgicos y nuevos descubridores de una de las partituras más bellas de la historia del teatro musical, que confirma que las canciones más sencillas son, a menudo, las que resuenan con más fuerza.

