EL JARDÍN QUEMADO: Los rescoldos de la memoria
El jardín quemado es una obra original del dramaturgo y filósofo Juan Mayorga, escrita entre los años 1996 y 1997 pero publicada en el 2001 que actualmente se encuentra editada por Cátedra junto a Himmelweg, que focaliza su historia en un centro de reclusión par judíos. El jardín quemado lo hace en un psiquiátrico, el de San Miguel, que es donde transcurre su propuesta.
Mayorga se topó con la noticia de que en un mercadillo se habían encontrado numerosos historiales clínicos de pacientes ingresados en San Miguel y le sirvieron de germen para preguntarse qué había sucedido con ellos y el motivo por el que habían sido ingresados allí. Si pudo haber más ingresos porque algunas personas enloquecieron a causa de la guerra, si se las ocultó en ese centro para salvarlas o si algunas personas sanas fueron castigadas a permanecer en él.
Más allá de ese hallazgo, el resto de la historia es confabulación. Y Memoria. Memoria Histórica. Porque El jardín quemado nos habla de las heridas de la Guerra Civil, con enfermos que llevan ingresados años, bajo la supervisión de Garay (Adriana Ozores), la directora de San Miguel. Cuando llega su discípula más brillante (Loreto Mauleón) para intentar averiguar el paradero de un famoso poeta que estuvo recluido allí y del que nada se sabe, y tratar, además, de descubrir la verdad que se esconde tras los muros de la institución, acaba por enfrentarse a aquella junto a la que lo aprendió todo.
El teatro La Abadía de Madrid acaba la temporada 205-2026 con esta obra, que se representa del 27 de mayo al 12 de julio, y que cuenta también con actores de primera línea como Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias y Mariano Llorente. Ellos son los internos de los que la recién llegada tratará de obtener la información que necesita, y de los que logra sus más espeluznantes conclusiones.
Siempre se dice que hay que tener presente el pasado para que no se repita en el futuro, y eso implica, aunque a muchos les pese, recordarlo de manera constante. Para que quienes no lo vivieron sigan teniendo en cuenta que nada es permanente, ni siquiera los derechos recientemente conquistados, y para que quienes no oyeron hablar de él, porque la gente continúa viniendo al mundo y hay que enseñárselo todo, hasta lo más terrible, conozcan la realidad de lo sucedido.
Y la realidad de España es ese jardín quemado que sirve de metáfora y de escenario para una obra que emociona a quien se adentra en el teatro La Abadía y pone en pie a un público entregado a su historia y a sus actores.
Pero El jardín quemado también tiene sus sombras: como obra se hace un poco agotadora. Desentrañar, como espectador, lo que está ocurriendo sobre las tablas puede hacerse, por momentos, algo tedioso. Como obra que ofrece más preguntas que respuestas, uno sale reflexionando sobre lo que ha visto, no sólo sobre lo que objetivamente transmite el texto. Dos mujeres tan opuestas con razones para hacer lo que hacen dan lugar a que cada uno, a la salida, tenga su propia visión de lo ocurrido en el centro y de si eso ha sido lo más conveniente para sus pacientes.
Porque en la vida, a pesar de las evidencias, no hay nada blanco o negro, los matices son importantes y El jardín quemado también habla de ese aspecto del día a día en nuestra forma de actuar. Aquello que parece lo más razonable puede tornarse un infierno para el que está enfrente. Puede ser una situación de requerir agua o fuego. Pero las cenizas siempre serán los restos, tal vez también la culpa, de esa memoria inevitable que, aunque las personas la hayan perdido, quedará como un hecho imborrable en el lugar en el que permanezcan.
Silvia García Jerez

