UTOYA: 22 DE JULIO – La tragedia noruega

El corazón de todos los noruegos se paró el 22 de Julio del 2011. Ese día una bomba fue detonada en el centro de Oslo como antesala de lo que estaba aún por suceder. Anders Breivik cometería en la isla de Utoya el mayor atentado de la historia reciente de Noruega.

El director local en alza, Erik Poppe, arriesga y gana en un único plano secuencia que aterroriza y absorbe. Noventa minutos que narran esa hora y media fatídica que duraron los acontecimientos y que dejaron por el camino 77 cadáveres de jóvenes que se encontraban la ya famosa acampada del Partido Laborista.

Utoya

Esta historia, ficticia, es la de Kaja, una joven de 18 años que cuenta casi en primera persona y en el contexto de los hechos reales, el cruel y peligroso camino que recorre para encontrar a su hermana pequeña entre el monumental caos generado desde que se comienzan a escuchar los primeros gritos y los primeros disparos.

Los espectadores debemos acompañar a la monumental Andrea Berntzen en su periplo de miedo y muerte en el que queda sumida. Ni un sólo síntoma de agotamiento en un trabajo mentalmente agotador y finalmente heroico delante y detrás de la cámara. Entre el terror y la inevitable indecisión, el objetivo sigue a la adolescente mientras se reaviva la atmósfera en la que se vio sumergida la isla en apenas segundos. Un laberinto sin salida para los estudiantes que, perdieron la vida antes que la inocencia.

Concluyen los primeros dos minutos introductorios y la tensión es palpable. La incómoda sensación de saber que lo vas a pasar mal te recorre el cuerpo. Es entonces cuando se escuchan los primeros disparos. Secos. Que parecen lejanos pero no lo son tanto. Sientes que el caos se apodera del campamento. Y de ti. Te ves inmerso en una huida en la que no hay escapatoria porque la isla es pequeña y los disparos cada vez suenan más cerca. Apenas un pequeño impás. Dos minutos de paz y una preciosa canción que fluye de una garganta quebrada por los gritos.

UTOYA

Todos estos agravantes son aciertos. Cada vez que mi piel se eriza es otro logro de Poppe, cada vez que siento miedo o que un escalofrío recorre mi espalda, otra victoria más para él. Mi desasosiego crece y el sonido incesante del arma dispara mis latidos. El malestar general fluye con naturalidad en una cinta con pocos o ningún altibajo. Es entonces cuando llegamos a una secuencia con doble impacto: Nuestra protagonista vive en primera persona algo que jamás pensó que podría llegar a vivir. Y esa primera experiencia la pasamos con ella. Es tan real… estamos agazapados, con ella, intentando dar conversación a una compañera mientras exhala su último aliento.

La película es arrebatadora. Acorrala y no deja escapatoria ninguna ni para los pobres chavales ni para mí. Estoy consternado, tocado. Tardaré en recuperarme de esta visita a lo macabro, a lo irracional. Tardaré en aceptar, que, como se dice por ahí, la realidad siempre supera a la ficción. Espero que se equivoquen.

La heroicidad humana se contrapone a la desesperanza. Los brutales últimos siete minutos no son artificio fílmico y, a pesar de su último e innecesario llamamiento, en general logra su propuesta: trasladar la peligrosa e inevitable deshumanización, generadora de acontecimientos tan deleznables y descorazonadores como este.

Descansen en paz.

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