LA TRAGEDIA DE MACBETH: El arte de Joel Coen

La tragedia de Macbeth, que cuenta la archiconocida historia del Macbeth de William Shakespeare, ese Lord escocés al que tres brujas convencen de que está destinado a ser el rey y maquina junto a su ambiciosa esposa todo lo posible para lograrlo, es la primera película que dirige Joel Coen tras la anunciada separación del dúo artístico que componía, junto a su hermano Ethan, una de las parejas más importantes del cine contemporáneo.

Es por eso que. en esta ocasión, todos los aciertos, o todos los errores de la película, van a tener que ser achacables a uno solo de ellos. Antes los culpábamos a los dos, porque en realidad, según admitieron más de una vez, las decisiones las tomaban juntos, pero ahora el arte o la culpa recae en el que permanece tras las cámaras.

Pero en La tragedia de Macbeth solo hay arte, no hay fallos, no hay errores que señalar. Es, simplemente, un prodigio que admirar.

El arte de Joel Coen es apabullante y se nota desde el primer plano de La tragedia de Macbeth. Su formato 1.37:1, cuadrado como en el cine más clásico, su blanco y negro expresionista firmado por Bruno Delbonnel, su minimalismo absoluto, con esa decoración austera, obra de Stefan Dechant, cada aspecto de la película pone de manifiesto una obra diferente, basada en la interpretada en el Festival de Manchester de 2013 centrada únicamente en el texto de Shakespeare y en la mejor manera de llevárselo al espectador con la máxima pureza.

Nieblas, intensos claroscuros, detalles como una gota de sangre o un puñal llenando el plano por medio de una iluminación que nos señale el elemento a destacar, Joel Coen nos transmite La tragedia de Macbeth con una fuera portentosa. Nada es casual en esta nueva adaptación de la obra del escritor inglés, y nada es como habríamos imaginado que sería porque se asemeja a la realizada en 1948 por Orson Welles, imbuida del expresionismo alemán, como a esta misma le ocurre.

Un descomunal Denzel Washington protagoniza esta versión, y supone uno de los mejores trabajos de un actor incuestionable del que parece que ya no podemos descubrir más registros, más facetas. Pero puede ir más allá. Y va. Y llega. Y sigue demostrando que es uno de los mejores intérpretes en activo del mundo. Su fuerza en la pantalla, su manera de recitar, de caminar, su rotunda expresividad, le otorga a este Macbeth una dimensión sobrecogedora.

Kathryn Hunter dando vida a una de las tres brujas

También Frances McDormand está sensacional pero la presencia femenina que arrebata las miradas y se queda en nuestro recuerdo es otra, la de la actriz, sobre todo teatral, Kathryn Hunter, quien da vida, ella sola, a las tres brujas de esta historia. Joel Coen la multiplica para que la veamos por partida triple, cuádruple incluso, porque también interpreta al anciano que encontramos en el árbol. Versatilidad y talento, lo de esta intérprete es sobrenatural. Sus contorsiones, su aspecto oscuro, su presencia incluso cuando no está, porque la temes, es de lo más destacado de una película que de por sí es asombrosa.

Pero La tragedia de Macbeth no se limita solo a ser una fiel adaptación del texto de Shakespeare y una austera propuesta de puesta en escena, es también un ejercicio visual sobresaliente, gracias al cual no puedes apartar los ojos de la pantalla. Siempre se ha dicho que es más importante el cómo que el qué. Cómo el director plasma una historia en la pantalla por encima de lo que en ésta se narra, que también es importante, pero como todo está ya contado, solo hay que trasladarlo de una forma que no hayamos visto hasta entonces, y Joel Coen lo consigue y no ahorra ni en violencia ni en efectos especiales.

Esto puede llamar más la atención. Que una obra de Skakespeare sea violenta ya lo esperamos, es la crudeza visual la que no. Y aquí encontramos asesinatos brutales filmados de manera especialmente sórdida. También hay efectos especiales fabulosos, como los que rodean a las brujas, al personaje en cuestión y a sus poderes como tal. Todo un universo fantástico dentro de un relato de hiperrealismo llevado a la máxima expresión. Por eso el contraste entre la realidad y la ficción de La tragedia de Macbeth es tan significativo y a la vez tan lógico en el delirio de su propia naturaleza.

Si algo malo tiene La tragedia de Macbeth no está en la película, que es prodigiosa, aunque por momentos resulte algo tediosa, pero Shakespeare a veces es un autor complejo cuyo uso del lenguaje es enrevesado. No, no es eso lo malo, sino que un trabajo así no se pueda ver en la gran pantalla. El estreno tendrá lugar el 14 de enero pero solo en la plataforma Apple tv.

Es una lástima que algunos de los mejores títulos del cine contemporáneo no se estén estrenando en salas. Ya les pasó a los hermanos Coen con su última película, La balada de Buster Scruggs, que solo pudo verse en Netflix. Podría argumentarse que ahora mismo el cine adulto no consigue público, y que una vez vista esta versión del clásico de Shakespeare se comprende que una película tan minoritaria, tan experimental incluso, no sea bienvenida en ellos, pero por otro lado estamos hablando de Shakespeare. Si ya no podemos confiar ni en un nombre de esa envergadura es que el panorama ha cambiado demasiado. Y sí, porque ya ni Clint Eastwood, Ridley Scott o Steven Spielberg son garantía de taquilla. Ahora le toca a Joel Coen, en su portentosa muestra de que en solitario sigue siendo igual de grande, comprobar cómo su película se relega a plataformas.

Silvia García Jerez

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