TIERRA FIRME: maternidad en multitud
Después de arrasar con 10.000 Km, creando con ella un fenómeno de película de culto, Carlos Marques-Marcet vuelve a la gran pantalla gracias a Tierra firme, otra historia que tiene, como eje de la cinta, la complejidad de las relaciones humanas.
En 10.000 Km, la ópera prima con la que asombró al mundo, nos presentaba a dos personajes, a Álex (Natalia Tena) y a Sergi (David Verdaguer), una pareja aparentemente perfecta que vive en Barcelona y a la que un proyecto en Estados Unidos obliga a permanecer separados un año cuantos kilómetros indicaba el título. Dicha distancia ponía a prueba un amor que el tiempo diría si eran capaces de conservar.
En Tierra firme la pareja vuelve a ser clave para el núcleo dramático, pero es que en este caso lo forman dos mujeres, Kat, interpretada de nuevo por Natalia Tena, y Eva, a la que da vida Oona Chaplin. De las dos, solo ésta última quiere tener un hijo, y Kat decide intentar la aventura de la maternidad gracias a la ayuda de su amigo Roger, nombre del personaje del que se hace cargo David Verdaguer.

El peso dramático de 10.000 Km apenas existe en Tierra firme. Aquí, Marques-Marcet compone un cuadro más fresco, lleno de risas y de música. Alegría a bordo del barco en el que la pareja de chicas vive y al que se suben Roger, durante su visita, y la madre de Eva, Germaine (Geraldine Chaplin), que no acaba de entender esta nueva maternidad, pero que apoya a su hija como la buena madre que es.
Pero no faltan en Tierra firme los momentos más sobrecogedores, emocionalmente hablando. Si en 10.000 Km se nos quedó, tanto en la retina como en la memoria, la escena en la que los dos bailaban a distancia abrazados a sus ordenadores como si fueran la espalda del otro, aquí recordaremos el momento en que Eva y Roger tocan juntos el piano.
La conexión entre ambos, la belleza de su ritmo acompasado y el significado de tan desgarrador derroche de arte en compañía crea un espacio mágico en el que muchas cosas se explican más allá de lo que el guion tiene apuntado.
Y es que si David Verdaguer está nuevamente espléndido y compone un sensacional reencuentro con Natalia Tena, en Tierra firme es Oona Claplin la que brilla con luz propia. Su dolor y su alegría, expresados cada uno con la naturalidad de quien realmente los siente, le otorga a su interpretación un valor incalculable.
Pero no debemos olvidar a su madre, la gran Geraldine Chaplin, que en sus escasas apariciones en Tierra firme se adueña de la pantalla como si ésta llevara décadas siendo suya. Porque es así. Sobre todo en el cine español, ese que ella siempre ha considerado cariñosamente suyo porque pasó pronto de intervenir en las películas de su padre a hacerlo en las de Carlos Saura, su pareja durante 12 años. Y luego siguió trabajando con nosotros e incluso ganó un merecido Goya como actriz secundaria por la fabulosa En la ciudad sin límites.

Tierra firme es un canto a muchas cosas: a la maternidad, al amor libre, a la libertad de elección del tipo de vida que uno quiere hacer, a la amistad… lo malo es que tal vez quiera abarcar demasiadas, aunque no sea algo reprochable ya que la vida está compuesta de ellas. Pero si en 10.000 km la precisión de la desilusión era progresiva y evidente, aquí se hace menos llevadera.
Tres, incluso cuatro, son multitud y ésta se acusa en la vida de las chicas. En Tierra firme el desasosiego no es el mismo que en 10.000 Km. La escena de la cocina por Internet era desgarradora pese a la alegría que destilaba el momento. Aquí la alegría es precisamente eso, no hay manchas, no hay desolación, porque un deseo está a punto de cumplirse, y cuando llega el giro con el drama éste contiene menos nitidez, porque lo abrupto de la situación contrasta demasiado con la exaltación que se nos ha mostrado previamente y funciona con menos claridad.
No es por ello Tierra firme un film poco logrado. Es una delicia ver una película con ese grado de frescura. Hace falta que las salas proyecten cine que aunque no llegue a pertenecer al género de comedia sí se salga de ellas con una sonrisa sin que ésta haya sido generada por momentos soeces y chistes groseros.
Pero sí es reivindicable un acercamiento menos irregular en el desarrollo de una relación que se tiene que complicar por imperativo narrativo pero que cuando lo hace en el dramático llega tarde para lograr que la cinta tenga un resultado tan satisfactorio como el que tenía su predecesora.
Silvia García Jerez