Resurrection

Es como Arrebato, pero china y con muchísimo más presupuesto. Bigger than life en todos los sentidos. Despliegue de medios, grandes performances, trascendental, profunda, virtuosa… Nº1 en China, ganadora del Premio Especial del Jurado en la 78ª edición del Festival de Cannes. La clase de película que sueñas con poder hacer algún día para vengarte de los niños que te hacían bullying en el colegio. Ya no hay quién se meta con Bi Gan, director de cine, guionista, poeta y fotógrafo, también responsable de Largo viaje hacia la noche (2018) y Kaili Blues (2015). Madfer Films y Filmin nos traen a España esta nueva propuesta, nada modesta, de 2h 40’, que combina drama, comedia, cine negro, fantasía, romance… en resumen, que es toda una epopeya, tan barroca como entretenida.

Lo mejor es ir a verla sin saber nada, parar de leer aquí. Dicho esto, Resurrection, similar a Enter The Void, trata del último “viaje” de su protagonista, de lo que tanto se ha especulado siempre: ¿Qué nos pasa cuándo morimos? La película empieza desde un mundo “de papel maché”, expresionista como El sanatorio de la clepsidra, dónde la gente no sufre, no se muere, pero tampoco sueña, y los que sí sueñan y sí sufren y sí se mueren son conocidos como “los delirantes”. Y no están muy bien vistos. Una mujer, Shu Qi, descubre a uno de estos “delirantes” rondando una pila de amapolas, humeando, consumido por el opio. Apenas parece humano, pero ella trata de ayudarle y consigue acceder a su último “sueño”, compuesto de cuatro recuerdos de su vida pasada.

Cada una de estas partes presenta un estilo diferente, chequeando casi todos los recursos cinematográficos habidos y por haber. Y una personalidad de El delirante también muy diferente, magistralmente interpretado por el camaleónico joven de veinticinco años, Jackson Yee, que tanto te clava que tiene quince años como cuarenta y cinco. Esta primerísima parte inicial es todo un homenaje al “cine de los orígenes”, con perspectivas pintadas a lo Caligari, stop motion, “negativos pintados”, referencia a los hermanos Lumière y SPOILER ALERT: Los primeros 20 minutos son mudos. Hay cartelas. Luego, cuando nos metemos en la primera historia dentro de la historia, pasamos a un estilo total de cine negro (ahora sí, con diálogos hablados), dónde El delirante es un joven interrogado por un agente de policía (Mark Chao) en torno a un extraño instrumento musical, el theremín, que parece que vuelve loca a la gente. Y hay una escena con muchos espejos, que claramente está referenciando a Lady From Shanghai. Veinte años después, la sigue una historia de espíritus en un templo abandonado. Tras otros diez años, las desventuras de cuando era un timador. Y en la última tiene un romance con una misteriosa chica (Gengxi Li) que se hace llamar “Tai Zhaomei”, como la cantautora taiwanesa, durante la última noche de 1999– en su momento, “el fin del mundo” – y contada con un plano secuencia que se convierte en subjetiva y luego vuelve y va… que es como para volver a creer en el cine.

Si parece compleja, es porque lo es. Es Tarkovskiana. Tiene una concepción del tiempo bastante circular y, más que eso, está la idea de la vida como simulación, la idea de encarnar a un personaje y el cine como metáfora de la vida. Si no te explota la cabeza, es que no tienes cabeza.

María Fernández Daranas

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