EL REINO: Las entrañas de la corrupción

El Reino, tercera película de Rodrigo Sorogoyen en solitario tras la sensacional Stockholm y la menos redonda Que Dios nos perdone, vuelve a subir el nivel del cineasta del notable al sobresaliente. Y no tenía fácil superarse a sí mismo, pero cuando eres un director excelente la demostración suele salir sola.
Sorogoyen, de la mano de su guionista habitual, Isabel Peña, dibuja en El Reino el atroz panorama de la corrupción política que últimamente nos ha estado acompañando día sí y día también en informativos, programas televisivos y prensa variada, tanto en la tradicional, publicada en papel, como en la digital, más moderna y acorde con los tiempos que vivimos.
Dicho así parece algo normal porque nos hemos acostumbrado a que los escándalos salten a la prensa como el tomate a la ropa, pero en realidad se trata de la primera película dramática ficcionada que trata este espinoso y terrible tema en nuestro país.
Porque si exceptuamos B, la película, en la que Pedro Casablanc interpretaba a Luis Bárcenas en la recreación de la declaración en la Audiencia Nacional al Juez Ruz, al que daba vida Manolo Solo, o Selfie, retrato de un hijo de la corrupción en clave de humor que exponía las migajas que servían de efectos secundarios de la misma, ninguna se había metido en el fango en lo que a ficción realista se refiere, y se agradece que por fin alguna lo haga.
Porque aunque en El Reino no hay nombres de políticos, empresarios o periodistas que podamos reconocer, únicamente los asociamos con otros que nos encajan en sus perfiles. No existe un Luis Bárcenas pero sí alguien que lleva la contabilidad extracontable del partido. No se citan partidos, se habla del Gobierno y de la oposición. No se señala con el dedo pero se apunta al imaginario que tenemos aprendido. Porque en todos los partidos ha habido escándalos y por lo tanto todos se merecen verse reflejados.
Así, Manuel López-Vidal es un político autonómico a punto de saltar al área nacional que se ve salpicado por unas escuchas que destrozan su imagen y lo convierten en chivo expiatorio de su partido. Nada debe saberse de lo que llevan tiempo ocultando, pero Manuel no quiere ser el único que resulte amenazado por los casos que prevé que puedan ver la luz en la prensa. Así que toma su propio camino para intentar salvarse de lo inevitable.

Amaia Marín entrevista a Manuel López-Vidal en EL REINO
La periodista Amaia Marín (Bárbara Lennie) entrevista a Manuel López-Vidal (Antonio de la Torre) en EL REINO

Desde el mismo comienzo de El Reino, Rodrigo Sorogoyen filma con el nervio de la rabiosa actualidad, aunque podamos comprobar, sobre todo en los teléfonos que utilizan, cabinas incluidas, que no estamos en 2018.
Sorogoyen, con la cámara pegada a su protagonista, nos lleva con él a través de todo su calvario, acompañado, en los momentos en que el guion se centra en la corrupción, por una música electrizante de Oliver Arson que le queda de maravilla a la película.
Y es que si el fondo de El Reino es la corrupción, la forma es la de un thriller con ecos de Michael Mann y con el sello de Sorogoyen, del que ya tuvimos abrumadoras muestras en Que Dios nos perdone, aunque su conclusión fuera menos redonda que de la que aquí hace gala.
La última media hora es una solidez asombrosa. Incluso la última hora, en la que Luis Zahera tiene un momento tan brillante que rivaliza en talento con el de un pletórico Josep María Pou que da tanto miedo como pena el Cabrera de Zahera. Pero insisto en el tramo final porque es oro puro, adrenalina de la máxima calidad, en la que si Antonio de la Torre había ya demostrado que este será otro de los papeles por los que lo recordará la Historia del cine, consolida su reinado asombrando a quien quiera oír la ira de la que es presa su personaje.
Y por supuesto, El Reino puede presumir de contar con una de las mejores actrices del mundo, que además da la casualidad de que es española: Bárbara Lennie. Su nombre debería ser sinónimo de amor desmedido por el cine, porque sus trabajos son apoteósicos y merecen la admiración del que se rinde ante la evidencia.
Su interpretación en La enfermedad del domingo deja la perfección en un ensayo, y la Amaia en la que aquí se convierte vibra y nos hace vibrar con un diálogo, monólogo por momentos, en el que el espectador queda a merced de un talento que nadie debería perderse.
En efecto, El Reino goza de un reparto de ensueño, con protagonistas y secundarios que escriben una página fundamental de nuestro cine, la de la realidad que se vierte por fin a la ficción y que lo hace con el estilo de los grandes narradores a los que estamos acostumbrados a admirar, en una producción destinada al público más apegado al cine comercial sin perder un ápice de nuestra identidad como país.

Silvia García Jerez

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