MUSEUM OF SENSES: Diversión para los sentidos

Desde el pasado día 13 de marzo está abierto en Madrid el Museum of Senses, el Museo de los sentidos, en la calle Virgen de los Peligros número 5, al lado del metro Sevilla, a cinco minutos de la Puerta del Sol. Más céntrico imposible y es muy fácil llegar allí: en cuanto enfilas la calle ya ves la esquina del enorme edificio con el nombre del museo en un tamaño lo suficientemente grande como para que sepas dónde está sin preguntar a nadie. De hecho, tiene casi 1.000 metros cuadrados llenos de ilusiones ópticas, como la del espejo deformante que nos sirve de portada de este artículo, y de experiencias inmersivas en las que adentrarse. Y nosotros nos adentramos en ellas.

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Tu cuerpo en la escultura 3D que puedes formar
en la pared de pines de metal

Nada más entrar al Museum of Senses encuentras un espacioso vestíbulo con tres localizaciones. A la primera a la que te has de dirigir es a la caja, en la que te presentas, pides tus entradas y te van a dar un kit de bienvenida compuesto por una caja de caramelos que aún no puedes abrir, ya te dirán dónde debes hacerlo, y unos calcetines, porque en la parte de la izquierda del vestíbulo vas a ver dispuestos unos bancos y unas taquillas para que te quites los zapatos, los dejes en una de ellas y te pongas los calcetines que acaban de darte, con los que tienes que hacer el recorrido.

Sí, vas a tener que caminar descalzo porque el sentido del tacto lo vas a poner a prueba con los pies en unas cuantas salas, por lo que los calcetines que te dan tienen una base con puntitos adherentes y son, además, fosforescentes. Y un consejo más antes de comenzar, y es que os aconsejamos que traigáis dinero suelto porque las taquillas en las que tenéis que dejar vuestros zapatos se cierran con una llave que funciona con 1 euro. Si no lo tenéis las podéis dejar en la parte superior de las taquillas.

Y comenzamos el viaje por el Museum of Senses por la planta intermedia de las tres que conforman el enorme edificio. Por escenarios en los que el tacto va a ser fundamental. Lo primero que pruebas es una pared de tamaño humano llena de pines de metal para convertirte a ti mismo en una escultura 3D a través de tu propia impresión sobre los pines que aplastas con tu cuerpo. El resultado es bastante impresionante y la sensación que tienes ahí dentro también es curiosa. Un poco agobiante porque estás respirando sobre una superficie pegada a tu nariz y rodeada de elementos que tampoco te dejan mucho espacio libre. Pero merece la pena probar esta pared porque siempre que hemos jugado a esto ha sido con la mano, haciendo formas en una superficie muy pequeña, y ahora eres tú mismo tu propia mano, así que lo quieres probar sí o sí. Y es muy curioso hacerlo, y mucho más ver el resultado de tu propia figura impresa a tamaño real.

Caminando sobre cuadros con un relleno de gel
que remueves con tus pasos

Luego pasas a tener que caminar por una malla muy rígida suspendida sobre la piscina de bolas que hay en la planta baja. La ves desde ahí, la malla es de cáñamo duro con juntas de acero, por lo que los cuadrados que forman al mezclarse las líneas que forman hacen que veas la planta de abajo sin problema. Lo malo es que sin zapatos, con los calcetines, es bastante doloroso dar paso alguno por ahí. Si quieres probar a caminar no te tires, baja con cautela y experimenta el tacto que te produce. Si puedes caminar a partir de ahí, hazlo. Nosotros no pudimos. Aquí el tacto es muy extremo.

Vamos al laberinto de espejos. El típico laberinto de espejos que parece muy divertido pero sal de ahí en cuanto empiezas el recorrido. No encuentras la salida ni queriendo. Te das con los espejos si no pones la mano delante. Es pequeñito pero está muy bien hecho porque hay momentos en los que piensas que te vas a tener que quedar ahí dando vueltas en torno al mismo metro que ya has recorrido mil veces, pero es que no hay manera de seguir. Hasta que sí, enfilas el pasillo adecuado y puedes salir. Pero cuesta, que también se trata de eso. Es una de las actividades principales del recorrido del museo porque implica a la vista y al tacto.

Para acabar esa misma planta vas a llegar a un espacio en el que vas a ejercitar el oído. Hay botones con números en una mesa y varios elementos, numerados también a su alrededor, con una pantalla delante que proyecta un vídeo en el van apareciendo números, que corresponden a los botones a los que les les tienes que dar para que el sonido que salga de ellos corresponda a la acción que ves en la pantalla. Es bastante mono el resultado y los niños se lo van a pasar muy bien haciéndolo.

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Tirando a la diana en la piscina de bolas

Cambiamos de planta y vamos a la de abajo. Aquí experimentaremos distintos sentidos. Para empezar, de nuevo el tacto pasando por distintos cuadros situados en el suelo con un relleno de gel que cuando los pisas se redistribuye por ellos y la vista observará cómo cambian bajo nuestros pasos. Es algo curioso y placentero para los pies, después de esas mallas tan molestas. A su lado tendremos dos habitaciones a las que entrar, de manera individual o grupal, como se prefiera. Será allí donde tengamos que practicar el gusto, al comernos los caramelos que nos dieron a la entrada y donde tendremos que adivinar a qué saben. Y no, no os creíais que va a ser tan sencillo, lo más fácil es que tardéis en averiguarlo.

Después, pasarás a la piscina de bolas que habías visto desde el piso de arriba. Allí, una vez te hayas metido dentro y comprobado que pisar sobre suelo firme y que no te resbalas, coger las bolas y lanzarlas a las dianas que tienes en una de las paredes. Dianas con números que son puntos y que cuando las bolas acierten sobre ellos se iluminarán indicando que has ganado esa puntuación. Puede parecer algo aburrido visto desde fuera pero es muy chulo hacerlo porque quieres darle a los puntos y que se encienda la luz y no siempre lo vas a conseguir, por lo que te picas y lanzas más, y es hasta agotador. Y sigue sin resbalarte, oye. Esta actividad para ir con tu familia o con amigos es muy divertida.

La planta de arriba es más completa y mucho más compleja. Es, tal vez, la mejor del recorrido. Vamos a tener una habitación con varias ilusiones ópticas y una cama de faquir muy chula consistente en los agujeros de los que saldrán los pinchos cuando te acuestes y le des al interruptor que les dé la orden para subir y pinchar tu cuerpo. Poco tiempo, bajan en seguida, y bajan ellos solos, pero están activos el tiempo justo para que notes el efecto que hacen debajo de ti.

Cómo te ves cuando te asomas al caleidoscopio

En cuanto a las ilusiones ópticas, algunas se repiten del Museo de las Ilusiones, en la calle del Doctor Cortezo 8, como el caleidoscopio de caras, del que siempre está bien ver el resultado y más ver la foto que te hagan porque verte reflejado en todos esos espejos es un efecto chulísimo.

También vas a poder hacer otro experimento en el que la vista te va a engañar. Se trata de un objeto situado bajo otro espejo, pero no lo vas a ver a menos que te asomes a la caja en la que este efecto óptico está situado. Porque lo que tú verás es un objeto que aparentemente vas a poder coger, Pero lo intentas, lo intentas y sólo vas a conseguir dar con tus propios dedos sin haber capturado nada. Sí, es debido al espejo que hay situado encima de él, que hace que tú puedas ver aquello que quieres atrapar pero que te sea imposible logarlo. Y si te haces vídeo intentando cogerlo va a ver un vídeo muy gracioso.

Pasamos ya a la parte más llamativa del Museum of Senses. Pasamos a varias habitaciones que son un auténtico reto para los visitantes. Por un lado, la sala del Túnel del Vórtice, que también encuentras en el Museo de las Ilusiones. Es una plataforma a modo de pasillo por la que caminas mientras un cielo en espiral va dando vueltas alrededor de la plataforma, por lo que tu equilibrio se pone a prueba. Intentas no marearte, y que no te duela demasiado las variaciones del suelo llevando sólo los calcetines, mientras tratas de llegar al espejo que tienes en frente, que indica el final del recorrido, y te cuesta. La sensación de mareo es tremenda. Pero puedes conseguirlo. Céntrate en un punto y camina mirándolo, es la mejor forma de llegar a la meta. Y luego da la vuelta y regresa al punto de partida. Ahí habrás acabado la experiencia, pero te habrá costado. Aún así, lo sabemos, querrás repetir para demostrarte a ti mismo que no es para tanto… pero sí lo ha sido. Y una pasada también, lo tienes que reconocer.

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Te queda otro reto importante: la sala en la que los rayos láser te van a marcar el camino. Un montón de rayos láser te esperan para ver si eres capaz de irlos sorteando sin que los toques con ninguna parte de tu cuerpo, de manera que puedas llegar a la meta final y tocar el botón que indica que lo has logrado. Pero si tocas algún rayo se acaba tu partida. Suena una alarma y la pantalla inicial, en la que le has tenido que dar al botón para que comience a contar el tiempo, se detiene. Puedes intentarlo las veces que quieras a ver si en alguna eres más hábil o te suena la alarma en todas ellas. Cuando te canses, o lo logres, puedes pasar a la última habitación de Museum of Senses.

Sólo queda una sala, pero es tan espectacular que también acaba siendo una de las más impactantes del museo. Porque es esa en la que el agua desafía las leyes de la física, una fuente en la que el agua va a recorrer el camino inverso al que la naturaleza le tiene preparado, que es de arriba abajo. Aquí, en esta fuente casi mágica, el agua viajará hacia arriba. Todo un desafío para las mentes de los visitantes, que no podrán creer lo que están viendo sus ojos.

Y es agua. Te acercas, la tocas y te vas a mojar. Y la oyes caer. Es increíble. También te puedes meter en esa fuente, se permite. Nosotros no lo hicimos, con tocarla ya teníamos suficiente, pero os aseguramos que sólo con verla ya es una pasada. Y os animamos a que intentéis fotografiarla. No vais a poder. El efecto estroboscópico se va a interponer en tu cámara y va a quedar rara. El vídeo también, por eso no os lo incrustamos en el artículo, pero merece la pena que vayáis a Museum of Senses para que comprobéis lo increíble que es.

Y ya se acaba la visita al museo. Tendréis que bajar y ya podéis ir a la tienda, el tercer ámbito del vestíbulo al que nos referíamos al comienzo pero que no cité a propósito, porque lo suyo es atenderlo al final del recorrido. En total, para que podáis calcular, se puede ver en una hora, no se tarda mucho más. También depende del tiempo que os quedéis en las habitaciones, pero en general tardaréis unos 60 minutos. Tiene tramos más chulos que otros, no todos son igual de brillantes, pero más que nada es muy recomendable para ir en familia o con amigos. Y, desde luego, los más pequeños de la casa se lo van a pasar en grande.

Silvia García Jerez

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