MATAR A DIOS: El fin de la humanidad
Matar a Dios es una rareza deliciosa. Si alguna vez has estado harto de lo mismo, de que las películas te ofrezcan una y otra vez una historia que ya te sabes, que podrías seguir incluso sin estarla viendo y has deseado algo diferente, Matar a Dios es la elección correcta.
Caye Casas y Albert Pintó, especialistas en el mundo del corto, del que pudimos ver RIP en el pasado festival de Nocturna de Madrid, un trabajo desternillante en el que un hombre no se moría ni queriendo, literalmente, estrenan ahora su ópera prima, rodada justo antes de dicho cortometraje, y también aplaudida en el certamen madrileño.
Y no es para menos. El universo que propone Matar a Dios es inédito en pantallas en las que no solemos ver imágenes tan extremas, primeros planos con encuadres oblicuos, grandes angulares y todo tipo de expresiones en los rostros de unos actores entregados a la cinta más original que cinematografía alguna nos diera, al menos desde los tiempos de Delicatessen, de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro.
Matar a Dios es una genialidad de principio a fin, con una línea argumental que los espectadores tenemos que asimilar tanto como los aturdidos protagonistas, a los que no solo se les propone sino que se les exige.
Aquí Dios es un enano vagabundo y borracho que se presenta una noche de fin de año en una cabaña perdida del mundo apremiando, y con un humor de mil demonios, a que sus habitantes en ese momento le digan los nombres de los dos supervivientes al fin de la humanidad, que tendrá lugar… al amanecer del día siguiente.
Esa es una sinopsis a la que el cine no ha recurrido demasiado. Y resulta que los encargados de tomar tal decisión son un matrimonio mal avenido que no puede ni quiere vivir separado, y el padre y el hermano de él, que acuden a la cena. Menudo panorama para la raza humana.
Incredulidad, no puede ser, menuda responsabilidad, a quién vas a salvar tú, yo no sé si quiero ser elegido… la situación es kafkiana, y Dios esperando. Y no tiene paciencia, pero hay tiempo, pero elegidlo ya, carajo. Matar a Dios es tan surrealista que supone todo un hallazgo.

Hacía falta en la cartelera una película así, de creación tan libre, de atmósfera malsana pero con matices de comedia negra que compensa el estrés que provoca una propuesta semejante con el aire fresco que supone admirar el increíble resultado.
Parece imposible que un cine pueda proyectar una película que a lo mejor adolece un poco de falta de ritmo pero que en su lugar contiene una iconografía y un desarrollo que nos va fascinando a medida que descubrimos los giros de la cinta.
Y por supuesto, no estamos acostumbrados a tener como protagonista, dentro de una historia coral en la que se van a dar cita cinco personajes, a un Dios tan próximo a los humanos que habitan la casa como éste, tan llamativo como desagradable. No nos habían enseñado que Dios podía ser así y nos provoca rechazo, pero es parte de una función psicodélica, siniestra y algo provocadora que nunca se pasa de los límites éticos con los que nos podamos sentir incómodos como espectadores.
Solo nos sentimos extrañados. Nada de lo que vemos nos encaja, pero dentro de una historia con un universo tan particular no es más que otra pieza de un puzzle en el que todo resulta, por su acumulación y originalidad, un triunfo: el triunfo de lo asombroso.
No hay un solo actor que no convenza en Matar a Dios, caso de Itziar Castro, que interpreta a la mujer que recibe el segundo SMS más polémico de España, Emilio Gavira, que da vida al Creador a punto de convertirse en Destructor o Eduardo Antuña, el marido más machista de la historia, que se limita a pegar a su mujer con palabras y reproches, no con palizas y malos tratos.
Matar a Dios es también, por lo tanto, un estupendo ejemplo de disección de personajes, que se van dibujando a través de sus angustias, de sus malos momentos, de sus indecisiones y de los pasados que los han llevado hasta ese presente. Y, una vez más, la negatividad que rodea a los personajes no es sino otra herramienta para trabajar la comedia negra.
Pocas películas navideñas encontraremos con un ambiente menos navideño que el de este film, y aún así, nos divierte porque logra el propósito de ser distinta y de convencernos con un conjunto tan brillante dentro de un universo bizarro al que nos rendimos y gracias al cual no podemos ni queremos evadirnos. Una vez acabada, nosotros seguimos un poco en esa casa en la que a lo mejor, solo a lo mejor, Matar a Dios puede cambiar las cosas.
Silvia García Jerez