LICORICE PIZZA de Paul Thomas Anderson
Molona y peculiarmente romántica
Por San Valentín llega a lo cines Licorice Pizza, una deliciosa historia de amor en aquellos maravillosos años de juventud y pandillas.
Con una pareja protagonista que enamora de verdad y el reflejo de una época molona, el director Paul Thomas Anderson, con tendencia al drama y desconcertantes finales, vuelve a seducirnos y conquistarnos, poniéndose tierno y divertido.
La premisa es tan sencilla como chico conoce a chica, durante las fotos para el álbum del instituto. Y en la primera cita, casi en la segunda secuencia, el chaval ya proclama haber conocido a la mujer con la que se casará. No queda, pues, duda alguna que Licorice Pizza va de amor.
Claro que el director y guionista ya había tratado el romance en la excéntrica Embriagado de amor, la radical Puro Vicio y en ese modélico tratado de manipulación y sumisión que es El hilo invisible. Sin embargo en esta love story, en la que se encarga además de la estupenda fotografía, la sonrisa permanece hasta el final, y aún practicando guiños clásicos de romanticismo, viniendo de Paul Thomas Anderson ni resulta previsible, ni ñoña. Todo es una gozada. Y nada es banal.
A la carrera y con la sensación de querer atrapar la vida por delante, nos vamos enamorando del filme a la par que sus protagonistas, Alana y Gary, entre esas idas y venidas, encuentros, reencuentros y desencuentros de la peculiar pareja. Pues si bien ella podría haber sido su babysitter y ahora quiere ser actriz, él es todavía un encantador adolescente, un “buscavidas muy majo” que aspira a triunfar también en la interpretación, o a través de los negocios incipientes que emprende sin parar, en la California de los años setenta con Nixon y la crisis del petróleo de fondo, y una música flipante que acompaña constantemente.
Conseguir o no tal amor, más allá de su amistad freaky, es cuestión de Cupido en tiempos de verano, mientras aparecen los sutiles cambios de vestuario -esas minifaldas y preciosos mocasines de medio tacón, que espero vuelvan a los escaparates- y las referencias culturales de la época -los pinballs y las camas de agua, tan yankis como el eterno sueño americano, frente a un spanglish que ya empezaba a sonar-.
Transmitiéndonos ese tiempo maravilloso cuando todo posible y hay sueños de madurez, ella es quien conduce la película. Y no solo por ser la única con carnet en la pandilla de la que no se puede separar, sino porque está asombrosa, graciosa y muy sexy (aún sin desnudo alguno y siendo la única escena de cama, tan sencilla como profundamente romántica). Destacando la estupenda secuencia de Alana, sentada sobre la acera y observando entre bromas con bidones de gasolina, a quien sigue siendo un crío pero la tiene loca de amor, cambiando entonces su mirada de niña a mujer.
Mas no se pierdan al chaval que les robará el corazón, conquistando en cada plano; ya sea en una audición para un anuncio de acné, que cuando se hace el jefecillo entre la chavalería de empleados durante la reapertura de unos recreativos.
Y sin duda alguna, cuando mira a Alana.
Entre tanto ella, buscándole o esquivándole, siempre le oye respirar aún en la distancia.
Y no sé sabe quién de los dos mola más (recurriendo al lenguaje utilizado en el momento más teen, que inspira el título de esta crítica).
Licorice Pizza es emocionante y sentimental. También por cuanta verdad hay tras la pantalla.
El director vivió su juventud en ese Valle de San Fernando donde sitúa la historia y algún recuerdo.
Además de que Alana es Alana Haim, quien viene de Haim, un grupo musical al que Anderson suele hacer los vídeos. De ahí que mantenga su nombre real y haya compartido experiencias personales, presentes en la película, participando igualmente su familia, “muy judía”, quienes se reinterpretan a sí mismos desde el humor y la ternura.
Mientras que él, Gary, es Cooper Hoffman, hijo de Philip Seymour Hoffman, heredando talento y apariencia. Cuando cabe recordar que Paul Thomas Anderson trabajó varias veces con su padre, dándole la oportunidad en la sorprendente Boogie Nights y protagonismo en la fascinante The Master; un portento de actor que nos dejo huérfanos de grande interpretaciones muy pronto, aunque ahí está su vástago con apenas dieciocho años y ya una candidatura al Óscar.
Pero presten atención, indistintamente, a la colección de grandes secundarios que desfilan por la comedia, representado personajes de una época hollywoodiense que parece casi olvida (salvo por Anderson y la última de Tarantino), apareciendo Sean Penn como un famoso actor en declive, Tom Waits, tal cual es, y Bradley Cooper como productor de Barbra Streisand (quien merece cualquier excusa para ser siempre mencionada).
A la carrera y con el flash del enamoramiento, el director de las magníficas Magnolia y Pozos de ambición, termina una gran película, una vez más, regalándonos esta deliciosa Pizza de Regaliz, de palulú, con happy end… Cuando basta con decir ‘te quiero’, junto al nombre del ’amor de tu vida’.
Mariló C. Calvo