LAS DISTANCIAS: Amor, amistad y otras desgracias
Las distancias fue una de las películas que más gustó en el pasado festival de Málaga. Ganó la Biznaga de Oro a la mejor película y tanto su directora, Elena Trapé, como su protagonista femenina, Alexandra Jiménez, se hicieron con sus respectivos premios, ex aequo en el caso de Alexandra porque lo compartió con la argentina Valeria Bertuccelli por La reina del miedo, film aún inédito en nuestra pantallas.
Y no es mal premio el de Alexandra. Para tratarse de una película coral en la que cuatro amigos viajan a Berlín para reencontrarse con un quinto al que no ven desde hace tiempo, su Olivia es uno de los centros sobre los que gravita la historia. Y Alexandra le da vida con su habitual talento, con unos momentos en los que mezcla el dolor con la inquietud donde está realmente brillante como actriz.
Alexandra bien podría triunfar esta temporada de premios por la desgarradora escena en la que le deja a Alex (Miki Esparbé) un mensaje en el contestador sentada frente a un pastel de chocolate. El Goya, que últimamente suelen recoger las actrices que obtienen premio en Málaga, no sé si lo ganará pero la admiración de quien todavía no estuviera rendido a su talento, seguro que sí.
Cuando afirmo que Olivia es uno de los centros de Las distancias lo digo porque hay otro muy claro, y posiblemente aún más importante que el suyo. Se trata de Álex, un chico enigmático que no acoge la visita de sus amigos con entusiasmo, más bien con todo lo contrario, y que se muestra tan distante que su actitud cortante es solo el preludio de un comportamiento que va a inquietar a los que están más pendientes de él. Que no son todos los que fueron a visitarlo.

Las distancias está dividida en tres partes, Viernes, Sábado y Domingo, el fin de semana que los amigos de Álex pasan en Berlín para darle una sorpresa por su 35 cumpleaños. Tres días en los que vamos a asistir a un proceso de descomposición por el cual ese grupo que llegó tan entusiasta y con tantas ganas de pasarlo bien comienza a verle otra cara a ese horizonte oscuro que es el domingo. Eso sí, desde que llegan a casa de Álex. En ese viaje no cabe un minuto para la alegría.
Las distancias recorre la existencia de unos jóvenes ya no tan jóvenes que van cayendo en la cuenta de que sus vidas no son lo que pensaron que serían. Esto no es ninguna novedad en el cine: la desilusión como marca de una generación que en realidad viene siendo la desilusión de todas las generaciones que no consiguieron los sueños que se propusieron alcanzar.
Solo que ahora, además de la decepción por no ser la persona en la que pensaste que te convertirías está la crisis de fondo para culparla a ella de lo que no pudo ser. La crisis en la que estamos inmersos ahora, no la que nuestros abuelos nos contaron que en su momento vivieron. Las crisis están siempre ahí, solo es peor la que te toca vivir a ti.
Las distancias refleja la crisis con la normalidad del amigo que no puede pagar la compra del súper pero también en la de los valores que no nos permiten acomodarnos a lo que el otro necesita. En eso la película es un acierto, pero se deforma cuando muestra a personajes incapaces de dejar de mirar a su propio ombligo, personajes reconocibles pero cinematográficamente insoportables, por momentos llenos de silencios que no responden preguntas sino que las plantean. ¿Por qué te callas? ¿Por qué no contestas? ¿Por qué no gritas si lo necesitas?
Y es lo malo que tienen las películas en las que entiendes a los personajes pero no los comprendes. Entiendes que hagan, piensen y digan lo que hacen, piensan y dicen, pero resulta imposible empatizar con conductas alejadas de las que se les supone a un adulto como el que ellos representan.
Las disputas surgen en Las distancias por cosas cotidianas y se alimentan a base de reacciones inmaduras que el espectador no puede comprender dentro de una película. Tal vez en la vida real se den y sean motivo de que dos amigos no vuelvan a hablarse, pero en el cine un silencio en ciertas situaciones equivale a evadirse de la acción que se tiene delante. Y por extensión a salirse de una película en la que tal respuesta, o la falta de ella, no encaja.

Por lo tanto, Las distancias no deja de ser una película fría aunque pretenda acercarse al calor de la amistad y del reconocimiento de cuanto en ella ocurre mientras esta se deshace.
Y tampoco funciona en la forma. El ritmo es, por momentos, extraordinariamente lento. El fin de semana pasa casi a tiempo real ante nuestros ojos, algo que no es necesario para la historia que se cuenta. Entre los silencios y el tempo el conjunto no es antológico.
Lo salva, como ya he apuntado, la gran interpretación de Alexandra Jiménez en un papel desagradable que ella sabe manejar para que no acabemos odíandola demasiado, por mucho que los matices que se nos muestran de ella no sean precisamente positivos. Eso, como actriz, es todo un reto.
Y por supuesto, lo salva también el trabajo de Miki Esparbé y su exquisitez sin tacha para mostrar a un tipo que aparece poco en el metraje pero que se queda en nuestra mente de manera continua porque es la gran incógnita de la cinta. Qué le pasa, por qué se comporta así, por qué no da señales de vida ni en persona ni por el móvil…
Álex es un personaje fascinante, paradójicamente el único del que es aceptable el silencio porque esa es su esencia. No funciona en los demás porque en ellos es coyuntural y sucede cuando menos falta hace, y menos creible resulta, pero el de Álex es el pozo sin fondo del que parte Las distancias, y su justificación lo hace permisible e incluso memorable.
Álex te atrapa y no te suelta, te hace suyo para que compartas su dolor, para que tú mismo vivas en el caos en el que él lo hace. Miki será recordado por este papel de entre tantos grandes con los que está llenando su acertadísima carrera.
Gracias a él podrás salir de ver Las distancias intentando reflexionar sobre la conversión de uno mismo en la sombra de lo que era, pero la película no tiene la fuerza para perdurar en la memoria más allá de que indaguemos en si la felicidad de la que le hablamos a los demás es la que realmente sentimos. Una vez obtengamos nuestra conclusión se acaba el recorrido de la película.
Silvia García Jerez