BAD APPLES: El peligro de las manzanas podridas
Bad apples, que en España no ha traducido su significado de cara a su estreno, comienza en una fábrica de sidra, con la visita de un colegio y con María (Saoirse Ronan) al frente de la clase de la que es profesora. Las manzanas podridas, que así es como se titula en inglés, adquiriendo el doble significado en ese prólogo tan clarificador acerca de qué es lo que nos espera en el metraje, porque una vez ubicados en el escenario inicial, vamos a ver a uno de los alumnos de 10 años que componen el grupo viendo resultado de haber tirado un zapato en la línea de trabajo de la fábrica. La alarma suena y María sale en la búsqueda y captura del vándalo que acaba de paralizar la cadena de producción.
Así es como conocemos a Danny (Eddie Waller, todo un descubrimiento en la que es su primera interpretación), un chaval al que todos sus compañeros temen y al que es complicado enseñarle nada. Un niño conflictivo que no ayuda a la convivencia en el horario escolar. No será la primera que lía, y María no sabe muy bien cómo tratar con él. La directora del colegio le deja bien claro que debe conseguirlo o su trabajo peligra, así que ella hace lo posible por tener a Danny dominado. Hasta que se da cuenta de que es imposible. Así que una noche, una serie de acontecimientos la van a llevar a hacer algo muy loco. Es lo único que se le ocurre: retener al niño en el sótano de su casa. Ese será el principio de una nueva realidad a la que también tendrá que enfrentarse.
Bad apples es la historia real de muchos profesores, y de muchos alumnos, llevada al extremo de lo que exige un buen drama, pero no deja ser una radiografía de cómo, en la sociedad, siempre hay manzanas podridas a las que resulta imposible enderezar. Sencillamente nacen así y poder revertir la dirección de una raíz es, por naturaleza, algo muy improbable.
Basada en la novela de Rasmus Lindgren, el guión lo adapta Jess O´Kane y la dirige Jonatan Etzler en la que es su primera película británica tras una serie de cortos y una cinta sueca Dieciocho otra vez (2023). Y lo cierto es que Etzler hace un trabajo sensacional aportando tensión durante todo el metraje, gracias a un buen manejo del suspense y -pero eso ya es gracias al guión-, a una serie de giros que son fabulosos y que le sientan muy bien al conjunto para darle más intensidad al título.
Pero Bad apples no es sólo un drama con buenas dosis de suspense, también contiene una crítica apabullante a la hipocresía que surge de situaciones tan extremas. No hay detalle que no quede por señalar, por diseccionar, en todo cuanto vemos, y lo cierto es que más allá del hecho del secuestro del niño imposible, las consecuencias sociales derivadas de él son de lo más interesantes.
Saoirse Ronan, una actriz inmensa a la que conocimos siendo una niña en Expiación. Más allá de la pasión (2007) y que después fue Susie Salmon en la adaptación a la gran pantalla de la novela Desde mi cielo (2009), de Peter Jackson, y a la que hemos visto crecer en sus diversos trabajos, todos ellos excelentes. Ha crecido delante de nuestros ojos y la hemos admirado en cada película que elegía: El gran hotel Budapest (2014), Ladybird (2017) o Mujercitas (2019). En Bad apples brilla con luz propia. Su angustia es también la nuestra, empatizamos con el problema que ella misma se ha creado y hasta cierto punto entendemos que lo haya hecho. Hay momentos en la vida en los que tenemos que decidir cosas que no nos gustan y más vale que no te toque tener que ser tú el que se vea en la encrucijada de tener que tomar la decisión. Y siempre, en todo momento, Ronan cumple con su papel de mujer sobrepasada por la culpa pero consciente de que no tiene otra opción que seguir la senda que ella misma se ha impuesto.
Bad apples no sólo entretiene sino que promueve un debate que, aunque ya está en la calle, le otorga una nueva dimensión que pregunta al espectador qué haría él en caso de haber sido esa profesora. No hay respuesta fácil. La vida a veces nos pone frente a tesituras muy complicadas, incluso ante delitos que no queremos cometer pero que ocurren. Y el cine puede ser un espejo cuyo reflejo no queremos mirar porque nos devuelve una realidad demasiado cruda. Pero eso también es síntoma de estar ante una gran película.
Silvia García Jerez

