PRIME TIME: A TRUE STORY (Dead Man´s Wire)

La reivindicación televisada en tiempos de justicia poética

Con un doble título que no es la traducción del original, el nuevo film de Gus van Sant nos remite a un suceso basado en hechos reales en esa América setentera que comenzaba a dedicar el directo de máxima audiencia televisiva, esa hora Prime Time, a confesiones verdaderas.
Tal y como acontece en Dead Man’s Wire, ese alambre del hombre muerto que mantuvo en vilo a toda una generación pegada al televisor durante la primera retransmisión de un secuestro con un rehén y tal mecanismo atado a su cuello, cuál dispositivo mortal. Todo un éxito en la cultura estadounidense que llegó a convertirse en un dicho popular, dando lugar a ese título primigenio, tan literal como descriptivo, para este relato sobre dignidad y justicia poética, donde el delincuente es un hombre pobre luchando por lo que es suyo, frente a un magnate que no sólo le ha estafado dinero, también le ha robado parte del sueño americano, el verdadero crimen por el que exige una indemnización económica y una disculpa pública en todas las cadenas de televisión.  

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Con una estética tan impecable como fiel, Gus Van Sant nos traslada a ese frío febrero de 1977, en Indianápolis, practicando el grano gordo que se estilaba de las películas de acción de aquellos años y manteniendo la tensión en calma que requiere la narración que, plasmada a través de una singular mezcla de formatos con primeros planos, pantallas partidas, imágenes de grabaciones y recreaciones de lo emitido, verifica su paralelismo con la realidad según avanza la cinta hasta la apoteosis final que revela el auténtico material documental, convirtiendo Prime Time: A True Story  no sólo en crónica del hecho, sino en el reflejo de la época -como ya hizo el director en Elephant y Harvey Milk-, entroncado el filme de manera natural con esas otras películas míticas como Network y Tarde de perrosque igualmente nos contaban de cuando el sistema comenzaba resquebrajarse y el periodismo empezaba a ser un circo mediático. 

Aportando además el absurdo de la comedia (de policías y ladrones) y un acertado humor negro que, hoy en día, se vuelve sátira y metáfora alrededor de un reparto brillante con ese trío protagonista formado por Bill Skarsgård emulando al perdedor estafado, a quien le gusta bailar y cuidar de su rehén, encarnado por un estoico Dacre Montgomery, junto a ese padre impasible y banquero usurero interpretado por un veterano Al Pacino. Traspasando la humanidad de cada personaje, o la falta de la misma, a tres bandas, jugando a verdugo, víctima y delincuente, eligiendo el papel según la justicia poética de cada cual en esa lucha por lo propio hasta las últimas consecuencias. También para el par de secundarios en primera fila, que añaden la reivindicación racial de aquel entonces, en la piel de esa reportera al de filo noticia (Myha’la Herrold) y en ese DJ, estrella radiofónica (Colman Domingo), que nos acompaña con su relevante y profunda voz durante toda la trama, yendo más allá del mero locutor lanzando grandes temas de soul y funk – incluidos en una excelente banda sonora-. 

Sin embargo, creo que esta ultima incursión del cineasta indie no va a ser aplaudida en estos tiempos de autotunefake newstecnotrumpismo, inteligencia artificial y esos finales de películas donde no puede faltar la pirotecnia, ni el body horror, resultando este Dead Man’s Wire del siempre independiente Gus Van Sant una suerte de mecano de metáforas que van a otro ritmo, siendo quizás el recordatorio más realista de lo que verdaderamente merecería ser prime time.

Mariló C. Calvo

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