GIGANTE: La excelencia de Josep María Pou
Gigante ha llegado a las tablas madrileñas. La obra de Mark Rosenblatt se representa en el Teatro Bellas Artes de Madrid hasta el día 26 de abril, una función tan exigente para el espectador como para sus actores, ya que tiene una duración de 165 minutos. Tres horas con un descanso de un cuarto de hora incluido en ese tiempo.
En ella, el texto de Rosenblatt nos cuenta una historia real, la del escritor Roald Dahl, que en el verano de 1983, cuando está haciendo la revisión de las pruebas de su último libro, Las brujas junto a Tom (Pep Planas), su editor, -recordemos que Dahl es el autor de Charlie y la fábrica de chocolate (1964) o Matilda (1988)-, una joven llega a la casa de campo de Backinghamshire en la que se está realizando una reforma, llenando de ruidos las horas del día. Se trata de Jessie Stone (Clàudia Benito), una ejecutiva de ventas que trata de convencer a Dahl para que se retracte del artículo que ha escrito, una crítica de Tony Clifton, escritor de Newsweek, en Literary Review de God Cried, libro ilustrado sobre el conflicto armado en el Líbano, cuando Israel invadió el sur del país el 6 de junio de 1982.
El hecho tuvo lugar, la controversia, pero Jessie Stone es un personaje ficticio creado por Mark Rosenblatt para que el drama pueda exponerse en la obra y quede clara la postura tanto del escritor como del resto de personajes que lo rodean, entre ellos Liccy Crosland (Victoria Pagès), su asistente y prestigiosa diseñadora de interiores que vive con el autor una vez éste se ha separado de la actriz Patricia Neal.
A lo largo de las tres horas de representación de Gigante, que narrativamente hablando transcurre en una sola tarde, la discusión por el antisemitismo de Roahl Dahl, presuntamente demostrada en el artículo del que surge la polémica, será Jessie quien se muestre más beligerante con el escritor, subiendo el tono de la discusión a medida que avanza la jornada. Ambos exponen su punto de vista con un acaloramiento tal que los presentes se encuentran cada vez más incómodos con el hecho de que Dahl no tenga intención de retractarse. Para ellos, Dahl es un nazi, pero para el escritor es evidente que Israel es un estado genocida. Y de ahí no está dispuesto a que lo saquen. Él siempre insistiría en que no era antisemita sino anti-Israel.
Gigante la escribió Mark Rosenblatt antes de los hechos del 7 de octubre de 2023, pero a medida que pasa el tiempo, y a tenor de lo que está ocurriendo en Gaza, la obra cobra un espeluznante valor actual. Nada de lo que se dice en ella es diferente de lo que vemos diariamente en los informativos, sólo han cambiado los interlocutores. El discusión es hoy la misma que entonces y las posturas, completamente encontradas. Por eso es una obra tan compleja y tan contemporánea.
Los espectadores van a ser testigos del razonamiento de Roahl Dahl ante lo que él da por hecho que es tan lógico. Pero Jessie le argumenta que o se retracta o puede que las librarías no quieran tener a la venta sus novelas porque se convierta en un autor incómodo para ellas y para los lectores. Podría supone el fin de su carrera.
Gigante es una obra que da que pensar. Y lo que desde luego ofrece es un tour de force prodigioso, sobre todo entre dos actores al máximo nivel. Porque hay muchos matices en un tema tan complejo y los exponen con detalle. Clàudia Benito está sensacional como esa ejecutiva indignada que nunca encuentra respuestas satisfactorias, pero quien destaca por derecho propio es Josep María Pou, protagonista absoluto, presente en escena en todo momento, realizando una interpretación impresionante del escritor inglés.
A sus 81 años, Pou compone un personaje complicado que se va exaltando por momentos, algo que debe resultarle agotador representar cada día, pero gracias al que brilla con un esplendor desorbitado. Y es que Dahl era un hombre enormemente carismático y en cada frase y cada gesto lo ponía de manifiesto. No debe ser fácil para ningún intérprete pero para alguien con la edad de Pou puede suponer un esfuerzo enorme y acabar las funciones muy cansado. Aunque el público le agradece su trabajo. Se nota, se disfruta desde la butaca, y cuando la obra finaliza es imposible aplaudirlo sentado. A sus pies, maestro.
Tal vez lo único cuestionable de Gigante sea su duración. Tres horas se antojan demasiadas, en dos podría haberse contado cuanto aquí se expone. Eso y un final anticlimático, que es el lógico pero que a pesar de la larga duración de la obra, pide otro algo más apropiado para una representación comercial al uso. Aún así, uno sale entusiasmado de la sala, sabiendo que ha visto una obra estupenda que invita a reflexionar y a replantear nuestra posición respecto al mundo. Josep María Mestres, director de la función, ha conseguido estrenar un espectáculo imponente que no deja indiferente y que será recordado como un hito en las carreras de todos los que lo han hecho posible.
Silvia García Jerez

