HANDIA: el gigante prodigioso

Érase una vez un hombre que no paraba de crecer, que llegó a medir 2´27 metros y que fue conocido como El Gigante de Alzo y El Gigante español. Parece el protagonista de un cuento y aunque Jon Garaño y Aitor Arregi se aproximan a su vida con ese tratamiento, incluyendo toques de cine fantástico, la historia de Miguel Joaquín Eleizegui Arteaga es real y en ella se basan para rodar Handia (Gigante en vasco), su nueva película tras la fabulosa Loreak (Flores).
El punto de vista que los directores toman es el de su hermano Martín, que regresa a la aldea en 1836, una vez acabada la primera guerra carlista en la que se ve obligado a participar. A su vuelta encuentra a Joaquín convertido en un gigante y pronto comienza a explotar las posibilidades económicas que una atracción semejante es capaz de generar.
Han pasado los años desde que Martín se fuera a luchar contra los liberales de entonces, que se oponían a la monarquía tradicional y al catolicismo conservador, y las cosas han cambiado, pero se niega a asumirlo, a adaptarse, cosa que Joaquín sí hace porque no le queda más remedio.

El gigante de HANDIA
Joaquín (Eneko Sagardoy), el gigante de HANDIA

Handia, con su mensaje tan humano y extremadamente íntimo, concerniente a tradiciones arraigadas, a formas de ver la vida que no se es capaz de superar, a una contienda interior constante en la que rivalizan la adaptación a las circunstancias con la idea de no rendirse nunca que representan los dos hermanos, contrasta de manera mayúscula con su narrativa épica, que incluye acontecimientos y encuentros históricos y lugares variados en los que van teniendo lugar sus vidas.
La cámara de Garaño y Arregi no deja de moverse, pero no como lo hace el cine actual, situándola al hombro para, en teoría, no perder detalle de lo que ocurra ante ella cuando en realidad los perdemos todos gracias a su innecesario movimiento. Handia nos acerca a los personajes, y a su alma, a través de primeros planos, de planos detalle o de innumerables contrapicados que hablan tanto de ellos como los diálogos en que son verbalmente explícitos.
La caligrafía cinematográfica que usan los directores no está alejada del estilo del maestro Agustí Villlaronga. A lo largo del visionado de Handia es fácil pensar en el responsable de Pa negre. Sus imágenes, ese montaje que mezcla tiempos, recuerdos y sensaciones, la profundidad de lo que el texto y el subtexto van transmitiendo, podrían perfectamente estar firmados por él.
Pero no es el único director que acude a nuestra mente. Handia, en su recorrido por la España y la Europa que realiza el gigante exhibiendo su peculiaridad, también se asoma por momentos al cine de Wes Anderson o al de Barry Levinson y sus paisajes nevados y aún así tan oscuros de El secreto de la pirámide.

La fotografía es una de las virtudes de HANDIA
La fotografía de Javier Agirre es una de las virtudes de HANDIA

Todo lo dicho llega con el envoltorio exquisito de la mejor fotografía del cine español del año, firmada por Javier Agirre y merecedora de tantos premios como halagos. También contiene una partitura, compuesta por Pascal Gaigne, que si perteneciera a un título norteamericano se haría tan famosa que formaría parte de los repertorios de las que se tocan en los conciertos dedicados a las películas. Pero nosotros no queremos tanto a nuestro cine como para rendirle semejante tributo.
También la dirección artística, de Mikel Serrano, o el vestuario de Saioa Lara son sensacionales, sin olvidar un aspecto fundamental de la cinta que tanto gusta cuando se nota y tan desapercibido pasa cuando no: los efectos visuales. Crear un gigante y que éste se funda con la naturaleza de la historia es algo que no hemos visto demasiado en el cine patrio. Y menos, de la manera en que lo haría, por poner un ejemplo, Guillermo del Toro.
La sensación de perfección es la mejor para resumir lo que provoca ver una película tan espectacular. Rodada en vasco y en inglés, pero sobre todo en vasco, Handia es un prodigio al que todo amante del cine tiene que asistir. Por mucho que la protagonice un gigante es una cinta hecha con el gusto que exige guardarse en tarros pequeños. Y si es posible, incluso bajo llave.

Silvia García Jerez

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