MI QUERIDA SEÑORITA: Buscando su identidad
El próximo día 1 de mayo, la plataforma Netflix estrena la nueva versión de Mi querida señorita, película que originalmente se estrenó en España en 1972 con guión de José Luis Borau y Jaime de Armiñán, dirigida por éste último y protagonizada por José Luis López Vázquez y Julieta Serrano. Ahora retoma la historia Fernando González Molina, director de Palmeras en la nieve y de la adaptación al cine de la trilogía del Baztán, de Dolores Redondo, y firma el guión Alana S. Portero, la escritora de la famosa novela La mala costumbre. En la producción, los Javis -Javier Calvo y Javier Ambrossi-, dos reyes tanto de la lucha en el colectivo LGTBI como de la creación audiovisual, en la que título que estrenan título que arrasa en audiencia y en buenas críticas.
Mi querida señorita cuenta la historia de Adela (Elisabeth Martínez), una mujer de provincias que ha crecido en el seno de una familia conservadora, yendo a misa y teniendo al cura (Paco León) como una figura cercana. Pero Adela siente algo extraño dentro de ella, que se hace evidente cuando conoce a la fisioterapeuta de su abuela (María Galiana), una joven llamada Isa (Anna Castillo), de la que se va a ir enamorando en las sesiones que tiene concertadas con su abuela. Por otro lado, un pretendiente llama a su puerta (Eneko Sagardoy), un hombre que siempre estuvo interesado en ella y que ahora, siendo mayores, ya puede declararse.
La vida adulta abruma a Adela de tal manera que decide, con la oposición de su madre (Nagore Aramburu), acudir al ginecólogo, quien le revela que en realidad es una persona intersexual, algo que le cambia la vida a la chica. La decisión que toma al saber algo que se le había estado ocultando todo este tiempo va a cambiarle, además, la vida a quienes la rodean.
Mi querida señorita, versión de 1972, supuso un fenómeno social para los espectadores, aún con el dictador vivo, para la censura, a la que le consiguieron ‘colar’ el guión presentando guiones falsos -hubo hasta 6 versiones- con escenas que sabían que no iban a pasarla para obtener la luz verde de la producción, para José Luis López Vázquez, que estaba saliendo de las comedias típicas de los años anteriores para ir sumergiéndose en el cine de autor, y este film supuso su consagración como intérprete dramático, y para el mismísimo Hollywood, que no sólo nominó la película al Oscar a la mejor película extranjera sino que descubrió a un actor colosal al que llegaron a admirar los grandes de aquella industria. De hecho, Billy Wilder al verla dijo que si José Luis López Vázquez fuera americano tendría varios Oscar. Casi nada, y más en una época en la que los Oscar tenían un prestigio del que hoy ya carecen.
López Vázquez brillaba en un papel insólito para cualquier cinematografía. Una mujer intersexual es muy difícil de ver en una pantalla hasta en la temporada de premios de cualquier país, cuando las películas se vuelven más dramáticas, más oscuras y tienden a poner el foco en realidades sociales a las que el cine comercial da de lado. Y López Vázquez tuvo el talento para convertir a Adela en la mujer frágil y fuerte que la dicotomía del guión pedía.
En Mi querida señorita versión 2026, Elisabeth Martínez queda más encorsetada, más forzada, más artificial. Es su debut en la interpretación pero hay actores que ya en su primer trabajo deslumbran a un nivel que Elisabeth no alcanza, caso de Sofía Otero en 20.000 especies de abejas, que además ganó el Oso de Oro a la mejor interpretación del certamen.
El trasfondo de la vida de Adela es lúgubre, una transición en la época de la transición que elevaba la película original y la convertía en un film asfixiante, terrorífico, pero liberador en lo que a la historia de amor que narraba se refería. Aquí, en 2026, se diluye la opresión en la que aquella cinta transcurría. Es normal, porque se trata de una actualización de la historia a una España moderna pero que todavía, aunque se han aprobado derechos para el colectivo gay, necesita dar más pasos para todos ellos. Por lo tanto, González Molina muestra un país gris, sí, pero en el que ser intersexual ya no es un motivo de oprobio como lo era antes, aunque hoy te sigan mirando mal porque si no encajas en el standard el ser humano sigue siendo todo lo cruel que el instinto reclama.
En este contexto, vemos a Adela pasarlo mal, pero la atmósfera no es la misma que la que se retrató en 1972. Aquí la angustia se manifiesta en casas de poco poder adquisitivo en barrios del mismo status, en momentos de lluvia que no dan respiro, en personajes situados al borde del sistema, en espejos que reflejan inquilinos que buscan su propia identidad incluso a través de la ropa que se cambian. Todo eso funciona en 2026, metafórica y físicamente hablando, pero no es, insistimos, ni parecido a lo que la cinta de Jaime de Armiñán logra.
Menciones aparte merecen dos de los actores de esta nueva Mi querida señorita. Por un lado, un Paco León entrañable, fundamental en el habitat en el que Adela se mueve para darle la serenidad que necesita. Por otro, una Anna Castillo gloriosa, pizpireta, natural y encantadora que arrebata desde que entra en la casa familiar y se presenta ante los personajes y el público. Una fisio para llevársela a casa que contará como uno de los trabajos más bonitos de la actriz, que de por sí acumula ya unos cuantos en su extensa y muy cuidada carrera.
La actualización de Mi querida señorita a la España de 2026 sabe a poco. Llena de intenciones no alcanza todos los resultados que debería, viniendo de la joya de la que proviene, pero es un título diferente que se agradece para una generación que no conoce el clásico y que, de esta manera, puede tener una idea de lo que en su momento pudo significar una película así. Los Javis apadrinan un film que tal vez hoy no dé que hablar como entonces pero que se hace necesario cuando, además, se acerca la celebración del Orgullo y el colectivo puede sentirse arropado por una historia que a muchos les resultará familiar y que todos debemos ver para tener claro que la libertad no se alcanza de un día para otro y que la igualdad es un derecho que no pueden perder ni la Adela de esta ficción ni las Adelas de la vida real.
Silvia García Jerez

