AMARGA NAVIDAD. Caleidoscópico Almodóvar
Almodóvar estrena film, volviendo a rodar aquí, entre Madrid y Lanzarote, y con un reparto nacional. En Amarga Navidad, su nueva película, el director y guionista muestra su oficio, que es su vida, continuando con esa exploración personal de recuerdos vividos o imaginados que juegan en una misma ficción, que es su autoficción, reflejada ya plenamente en Dolor y gloria.
Sin embargo, en esta ocasión el manchego la proyecta cual calidoscopio de realidad aumentada, transformando la trama según gira sobre la propia historia y realidad, multiplicando sus personajes y alter egos desde la necesidad más vampírica del artista que, más que nunca, se sirve de su entorno como inspiración para abrir o cerrar la visión de su obra y personalidad, formando a su antojo los patrones de su cine y vida.
Amarga navidad surge de un ataque de ansiedad y de una canción de Chavela con el mismo título, mientras a través de alguna voz en off y los diálogos trasladados a la pantalla desde un lado y otro del papel, o del ordenador, la película va desarrollándose entre lo inventado y la realidad de quien la escribe; contándonos una ficción dentro de la ficción de un cineasta que aspira a conseguir un guión más orgánico, más de verdad, pues sus últimos proyectos han sido fallidos. Encarnado por Leonardo Sbaraglia, encontramos a Raúl, un reconocido director que nos narra la crisis y huída de Elsa (Bárbara Lennie), una directora de culto que sobrevive de la publicidad y desea terminar un guión cinematográfico sin la tristeza que arrastra por la muerte de su madre.
Para conseguirlo, abandona la capital y la península, aislándose en Lanzarote junto a una hermana en crisis de pareja (Victoria Luengo) y una amiga en su propio duelo (Milena Smit), ambas siempre presentes y durmiendo en la habitación de lado. Mientras y en paralelo, conocemos al compañero del cineasta que le lleva su día a día (Quim Gutiérrez) aun siendo cada vez más invisible, y a esa imprescindible que le lleva la carrera (Aitana Sánchez-Gijón) alejándose paulatinamente de esa extraña forma de vida que corta y copia la de los demás sin pedir permiso, ni perdón alguno.
Girando unos sobre otros, los personajes creados y los de carne y hueso de la ficción son meros fragmentos de un recuerdo, o reflejos de una invención para ese guión in progress que avanza o retrocede entre guiños y críticas a la propia filmografía y fama almodovariana -de ahí, la enfermera como escapada de sus cintas ochenteras, tan bien interpretada por Carmen Machi, y esos ecos de relato de Todo sobre mi madre, La flor de mi secreto y Los abrazos rotos, con ese recurso de foto borrosa anticipando una infidelidad-.
Claro que el acertado cartel de Amarga Navidad lo deja todo definido, aunque realmente haya dos; uno, formado por un puzzle de miradas sobre un mismo rostro y el más promocional, con ese par de figuras que son el perfil y frontal de cada cual, siendo dos personas en una misma -hombre y mujer, y ambos, protagonistas proyectados y proyectando a Pedro Almodóvar).

Con esas señas de identidad, este calidoscópico Almodóvar despliega su habitual estética colorista -con un blanco, más que nunca utilizado, ya sea en la página por completar, el fondo de pantalla y los bodegones de jarrones en la isla-, donde no faltan las casas fascinantes, decoradas con obras de arte (estáticas y en constante movimiento, según sea la de Raúl o Elsa), ni escasean las referencias a las drogas (de ocio y prescripción medica). Tampoco sobra alguna de las chicas Almodóvar de antaño -Rossy de Palma, de ovación en su intervención-, además de esas nuevas promesas del cine español que puedan desaparecer sin motivo aparente, o por necesidad del ego del artista -como el personaje de Patrick Criado, quien está soberbio cual stripper, bombero y novio ingenuo, en el personaje más tierno y auténtico del filme-.
Amarga Navidad continúa con la participación de Alberto Iglesias en banda sonora, además de una actuación musical que a Almodóvar tanto le gusta exhibir, siendo Amaia la elegida en esta ocasión y durante una fiesta con Prada por doquier y el cameo incluido de Bibiana y Los Javis, mezclando de nuevo esa realidad y autoficción, en lo que bien podría ser la portada de un especial navideño.
Claro que con tanto giro y giro de guión, Amarga navidad puede resultar larga, caótica y algo impostada -como esas canciones seleccionadas que suenan con gusto pero no acaban de emocionar, aunque hay lágrimas en cada plano-, hasta que llegando al tramo final de una y otra película, la de verdad y la inventada, paradójicamente es cuando reconocemos a Almodóvar y más parece Pedrooo -dejándonos una secuencia que termina en todo alto y es un regalazo para Aitana-.
Un final que podría ser el piloto de esa serie soñada por Netflix, firmada por el manchego, o quizás el comienzo de una próxima película que cuente todo sobre los hombres de su vida -acercando al padre ausente, el hermano omnipresente, las pasadas y desconocidas parejas, y el compañero actual-.
Por imaginar que no quede… Que de eso, hay mucho en Amarga Navidad.
Mariló C. Calvo

Excelente crónica Mariló!!!