RONDALLAS
Irresistible Rondallismo
Gracias a Daniel Sánchez Arévalo, existe el rondallismo. Con su nueva película no sólo nos descubre esos conjuntos folklóricos galegos que apenas ni son conocidas en Galicia, sino que también consigue transmitir el sentimiento de comunidad, apoyo y alegría que desprenden con sus gaitas, laúdes, tambores, panderetas, castañuelas y banderas.
Una cinta tan coral como vitalista, aun partiendo de un naufragio que afecta a un pueblo marinero, donde las vecinas y los paisanos se enfrentan a su nueva vida con la ayuda de todos y el resurgir de la rondalla del lugar, que también perdió a varios de sus miembros en la tragedia. Mientras vamos conociendo a los de siempre y a los novatos entre encuentros, reencuentros y ensayos, mas compartiendo por igual la ilusión de presentarse al concurso regional de rondallas.
Sánchez Arévalo nos ofrece una cinta tan bonita como divertida, y tan bien dirigida como interpretada, hablándonos de las raíces, el duelo, el olvido, la familia, la amistad, el amor, la entrega, el perdón, la culpa, la esperanza, los trastornos mentales y esas batallas internas que libra cada cual. Con inteligencia y ternura, Rondallas es uno de esos filmes que hacen grande lo pequeño, enfocándose en el detalle, en lo singular, y convirtiendo lo local en universal; como esas rondallas cercanas a las tunas y jotas que, gracias a Sánchez Arévalo, son ya famosas en el mundo entero.
La última vez que coincidimos con el director madrileño de Primos, Gordos, La gran familia española y AzulOscuroCasiNegro. fue en San Sebastián al entrevistarle por el estreno de Diecisiete. Con Rondallas, Sánchez Arévalo repitió su première en el pasado SSIFF, aunque el filme nos llegue ahora en Año Nuevo.
Y no hay mejor manera de empezar este 2026 que yendo al cine para ver una buena película, de aquí, y de esas que regalan sonrisas y ganas de vivir.
Como las que debieron darse en A Guarda durante los tres meses de rodaje, donde el reparto y equipo convivió junto a los habitantes de este pueblo costero de Pontevedra, acogidos por sus rondalleros y rondalleras de varias generaciones, consiguiendo esa verdad y familiaridad que se respira en cada secuencia, incluyendo las de las competiciones, con la compañía de un delicioso acento vigués, en todo momento, que ha sido muy trabajado por todos los personajes, aun siendo de terra galega la mayoría de intérpretes.
Aprehendiendo la sensación de comunidad, Rondallas está afinada en forma y fondo, a ritmo de jota y con aires de tuna, aunando un guión de premio, una bonita fotografía, la contagiosa música y ese elenco que luce por igual por separado y en conjunto, sin excepción alguna y como pocas veces ocurre -pero claro, estamos en tierra de meigas y Rondallas tiene magia-.
Tras dos años y con dos supervivientes, sigue la investigación por el hundimiento aún con muchas dudas, y mientras se reparan los instrumentos de la rondalla, guardados desde el naufragio, cada miembro parece recuperarse, restaurarse, entre la rabia, el silencio, el dolor, o la redención -apareciendo entonces, la superación personal y ese lado tragicómico con poso humanista, marca de la casa, que siempre desprende la filmografía de Sánchez Arévalo-, siendo uno de los supervivientes de la tragedia quien primero suelta lastre y parece llevar el timón para resucitar a la agrupación, sustituyendo además a su mejor amigo fallecido, y compañero de faena en la mar.
Comienza a dirigir la rondalla con el ritmo a lo Mick Jagger -pues quien baila, su mal espanta- y encarnándose en Javier Gutiérrez, quien una vez más borda un personaje que convence, emociona y enamora. Como el de la viuda (Maria Vázquez) con la que forma tándem. Esa marisquera con dos hijas intentando superar la pérdida; tanto jugando con la pequeña a adivinar el precio en la lonja de lo pescado, como animando a la mayor (Judith Fernández) para volver al grupo y dejar de tocar la gaita sólo frente a la tumba de su padre. Una joven que quiere irse y olvidar, junto a la que siempre está de ronda el chico que consiguió salir del pueblo (Fer Fraga), ese niño prodigio que se fue a Berkeley y necesitó volver al hogar. La relación de ambos es de lo más bonito de la película, con ese romance de encuentros en la iglesia, serenatas al balcón y sus acercamientos frente al muelle.
Claro que en Rondallas queda un par de parejas por mencionar, que están de ovación, con un sorprendente Tamar Novas que se queda con todos los planos, cada vez que aparece; ya sea formando un par cómico junto a un hermano (Xosé Antonio Touriñán), del que debe independizarse, ya sea con Yayo (Carlos Blanco, en un papel memorable), todo un lobo de mar venido a menos tras el naufragio, con quien aprende a mover la bandera de la rondalla sin parecer una majorette, desarrollando una suerte de dúo a lo Jack Lemmon y Walter Matthau, que es de lo mejor del filme.
A través de los ensayos en el parking del pueblo, cada vez con más participación y público -esas auténticas vecinas animando-, vamos conociendo el esfuerzo, la solidaridad y los secretos de la agrupación folklórico-musical, acompañándola por las diversas competiciones hasta llegar a las finales, donde entre la realidad del concurso y esa fusión de tradición con actualidad, la emoción que vemos, se siente de verdad. Incluso habiendo acumulado momentos de tan buen rollo que parecen de fábula o el cuento, ese show final trasciende lo local y toca lo universal. Y entonces, la magia se da.
Es imposible resistirse al ímpetu de vida y buen cine que Daniel Sánchez Arévalo trae en Rondallas. Es imposible resistirse al rondallismo. Imposible dejar de agradecérselo.
Mariló C. Calvo

