La mujer más fea del mundo: el balazo final

Péinate. Esconde que llevas varias noches sin dormir porque el corazón te pesa. Depílate, pareces un hombre. Es por higiene. Maquíllate, tía. Aunque sea un poco. Deberías pensar en adelgazar, estás bien, pero tienes algo de tripita y tú usas camisetas muy cortas. Se nota que dejaste el gimnasio, se te está cayendo el culo y se te juntan las piernas. Por cierto, los crop top ya no se llevan. Deberías actualizar tu armario. No estés triste, tienes una vida cómoda: pareja, amigos y salud. ¡Si hasta tienes trabajo! Sonríe, no vaya a ser que te noten triste. A la gente no le gustan las personas tristes. Hola, ¿estás ahí? Has cedido tu cuerpo. La estructura sobre la que descansa tu pena ya no es tuya. No-te-pertenece. A ella tampoco. La mujer más fea del mundo es producto de todo esto que hemos creado pasito a pasito durante siglos. O, mejor dicho, que han creado, porque los creadores de todo esto son ellos. Si hasta su impotencia le lleva a comerse una hamburguesa de McDonald´s: «comerse al capitalismo para destrozar este cuerpo capitalista», dice. Este es su acto revolucionario.

Me miro frente al espejo. Estoy desnuda y flaca; se me notan las costillas, no tengo tetas ni curvas: estoy plana. Tengo la nariz grande losojospequeñoslabocapequeña, ojeras y, para colmo, los labios grises. Ya sé que tengo una vida normal, pero estoy triste. Trabajo (mucho), como más y adelgazo aún más. «Qué suerte tienes», me dicen. «Hay que joderse», me digo. El estrés me hace perder peso, me provoca ansiedad, me salen granos, me muerdo las uñas, me dan brotes de histeria, de dermatitis, de vértigo…, y de miedo, sobre todo de miedo.

Estamos calladas. Nos silenciaron hasta convertirnos en invisibles. Nos criaron con la misma mordaza adaptable. A Ana (Rujas), a la mujer que está sentada a tu lado, a la que miras en el metro. A todas, pero ella es anoréxica, se droga y le va el tecno. ¿Ahora qué? Entro en el juego. Estoy inquieta. Una virgen, un cuerpo desnudo, fealidad, belleza, inseguridad. Un texto-bala, que es como me gusta llamar a los que van directos a la válvula sin preámbulos: sarcástico, doloroso, punzante y rabioso, firmado por Bárbara Mestanza. Todo es emoción. Estoy temblando. Me hacen temblar. Me retuerzo en la silla de El Ambigú del Teatro Kamikaze.

Rujas se mueve, grita, corre, baila, besa, ríe y llora. Un chupito y pa´lante. Se dirige al público, su mirada cambia, su gesto, que comienza con un tono que recuerda a María Hervás en su Iphigenia en Vallecas, se transforma. Te transforma. Ahora es ELLA y también eres tú. Es la fuerza de la verdad. Salgo de la sala, estoy nerviosa, estoy temblando, no puedo parar, necesito parar, necesito cerveza, necesito calmar mi sed o me pondré a pegar voces. Y a ti ¿hace cuánto no te miran a los ojos de verdad?

Un monólogo sobre la belleza y la fealdad y cómo contribuyen a nuestra felicidad; sobre la exposición del cuerpo y el consumismo. Ahora somos un engranaje más. Dale las gracias al hombre, a las discotecas donde entras gratis con tu amiga y al camarero que te invita a chupitos en Malasaña. Dale las gracias a Instagram. Mete el dedo en la llaga y saborea el dolor.

Horario:

FECHA: 16 Oct – 3 Nov 2019

HORARIO: 

Miércoles 16 Oct, 18:45 h. (estreno)
Miércoles a Sábados, 18:45 h.
Domingos, 20:30 h.

No hay función
Domingo 20 Oct

ESPACIO: El Ambigú del Teatro Pavón Kamikaze

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