LA HIJA OSCURA: Maternidad al límite

La hija oscura es la ópera prima de la actriz Maggie Gyllenhaal, una intérprete cuya carrera ha estado más pegada al cine independiente americano que al comercial y por lo tanto puede que no sea un nombre muy reconocible para el gran público, más allá de que se la identifique como la hermana de Jake, un actor con más proyección en el cine de masas.

La hija oscura está basada en la novela de Elena Ferrante, que es la Carmen Mola italiana, esa autora que escribe con pseudónimo y de la que, en el caso de Ferrante, no sabemos aún cuál es su verdadera identidad. Sea la que sea -nada en contra de que sean tres hombres o tres mujeres, el caso es que escriba bien y que sea súper ventas-, Maggie ha adaptado a la gran pantalla su obra y gracias a su trabajo ha sido reconocida desde que ganó como guionista en el festival de Venecia y recientemente, siendo nominada por la Academia de Hollywood como tal, además de a sus dos actrices, Olivia Colman y Jessie Buckley, quienes interpretan a la protagonista de la película en el presente y en el pasado.

La hija oscura cuenta una historia extraña. La de Leda, una mujer peculiar e independiente que llega a un resort de vacaciones. En él conoce a una familia, cuya hija se pierde a la vista de todo el mundo, mientras está en la playa con su muñeca.

Una vez que Leda encuentra a la niña, la que se pierde es la muñeca, y esa pérdida va afectando a todos los personajes de la película, en su desesperación por encontrarla, tan importante es para la pequeña.

La cantante y actriz Jessie Buckley interpreta a la Leda joven
y ha sido nominada al Oscar a la mejor actriz secundaria por su trabajo

La hija oscura habla de la maternidad de la manera menos romántica posible. De hecho, se acerca a ella en el sentido contrario, con frialdad y con cierto rechazo. No siempre los hijos son bienvenidos, aunque creamos que los vamos a recibir con una sonrisa. Ya lo contó hace años Tully, la gran película protagonizada por Charlize Theron, pero ésta es mucho más minoritaria, aunque Tully es mejor en su conjunto si las comparamos a ambas.

Aquí, Maggie Gyllenhaal nos introduce en una atmósfera opresiva en la que siempre parece que va a pasar algo, en la que la tensión por saber si estamos ante un escenario más turbio del que notamos en primera instancia nos mantiene en vilo, pero en realidad esa inquietud no acaba de materializarse y la película se detiene en la reflexión sobre el hecho de que los hijos a veces son más un obstáculo que una alegría.

Tampoco sus intérpretes, habitualmente maravillosas las dos, brillan especialmente en la película. Sobre todo Olivia Colman, que nos presenta un personaje extraño que nunca abandona esa aura de extrañeza. Está siempre como ausente, fuera de la realidad en la que vive, permanentemente rememorando su pasado, ese en el que tampoco su mismo yo es más comprensible.

Una historia de gente rara haciendo cosas extrañas. Sus miradas, sus silencios, sus reacciones, nada en esos personajes resulta reconocible de cara a poder elaborar, como espectadores, una ruta tradicional en la narración. No sabemos a qué nos enfrentamos con esta atmósfera permanentemente inquietante pero inexplicable. Nada es habitual en esta historia de seres que, de haber estado contada de otra manera serían perfectamente comprensibles e incluso empatizaríamos con ellos, por muy dura que fueran sus experiencias. En Tully comprendíamos lo que ocurría y nos fascinaba cómo se nos acercaba a esa psicología de madre herida por la realidad, lejos de la distorsión de una felicidad maternal que no era la que nos habían prometido cuando de pequeñas nos enseñan en qué consiste.

La hija oscura es un ejercicio de cine minoritario, opresivo y lleno de incógnitas que llaman a la reflexión pero también nos deja patente que no es la cinta que esperábamos a tenor de su éxito previo y los premios y nominaciones cosechadas.

Silvia García Jerez

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