LOS DÍAS QUE VENDRÁN: Embarazados de talento

Los días que vendrán ha llegado para romper moldes. Y por lo tanto para ser única en su especie. En esa especie de películas que retratan el camino a la maternidad como un proceso bonito e ideal para las mujeres y  para las parejas, que tendrán un hijo como la sociedad requiere y la educación ha marcado a fuego durante siglos. Y el cine ha sido una bandeja fundamental para sostener las flores con las que adornar dicha idea.

Los días que vendrán rompe moldes porque se centra en un embarazo, un tramo que normalmente el celuloide pasa por alto, como un trámite hacia la aparición de un nuevo personaje que dé un giro a la historia en la medida en que las costumbres de los personajes vayan a situarse en torno a él.

En Los días que vendrán es precisamente el embarazo el que produce esos cambios. A nivel de pareja, que es en quienes la película se centra, pero no se olvida de recalcar que fuera de ella, ese mensaje de que ser padres es lo mejor de la vida puede que no sea lo más conveniente para el mercado laboral, que igual puede prescindir de ti y encontrar a alguien que, a contracorriente de la presión de la descendencia, prefiera pasar ampliamente de plantearse tenerla.

Es por eso que Los días que vendrán supone un acierto como título. Porque la tercera película destinada a la gran pantalla (13 días de octubre era una producción para la pequeña) de Carlos Marqués-Marcet, ese joven cineasta que con su ópera prima, 10.000 Km, ya demostró que muchos podrían aprender de él, es una clarísima exposición de lo que sucede cuando el Predictor te dice que sí, que tu vida va a cambiar para siempre. En todo. Tanto en la familia, que se preguntará por qué no te casas, como en el trabajo como en la intimidad de ser dos y estar esperando a un tercero.

Intimidad en la familia, ya que vemos a los futuros padres con los de ella, y solo con los de ella, porque van a formar parte también de la narrativa de la película. Pero sobre todo nos acercamos a Vir y a Lluis, y descubrimos que este embarazo, no planificado y no deseado, les descabala los planes de ser una pareja que en realidad, aunque se quiere, se está conociendo.

La cámara de Marqués-Marcet se mete en sus vidas hasta el dormitorio, mostrando incluso una rutina sexual en la que vemos que se complementan estupendamente. Se entienden, se escuchan, son la pareja perfecta. Qué bonito es asistir, incluso como voyeurs inocentes que aplauden unos sentimientos que los desbordan y los hacen derretirse al uno con el otro, a ese compromiso mutuo que se tienen, lleno de respeto y de ternura.

Pero Los días que vendrán no se queda en el precioso y necesario apoyo en llevar adelante un embarazo. Muestra sin tapujos los roces de la convivencia, las tiranteces, los cabreos, los gritos y los malos momentos, que los hay, en los que no pueden soportarse mutuamente. Pero el amor es arreglar los problemas juntos, enfrentarlos, no solo darse besos y jurarse que siempre nos querremos, porque aunque lo creamos en el instante de proclamarlo, no sabemos si de verdad lo va a ser.

Y la película transmite todo eso con una naturalidad desbordante, con la tranquilidad de que los altibajos, bien asumidos y reflexionados, son lo que verdaderamente dan fortaleza a un día a día que pone trabas porque en eso consiste la vida. Si nos inculcaron que el amor es siempre felicidad y armonía, esta película nos deja claro que hay que trabajar por conseguir ambas y que el amor es la herramienta que permite manejar las desavenencias.

Vir y Lluis miran el Predictor -  Los días que vendrán
Vir y Lluis comprueban el veredicto del Predictor

El nuevo trabajo de Carlos Marqués-Marcet es tan sublime que supera a 10.000 km en logros y en resultados. Y eso que el listón estaba muy alto. Tanto que Tierra firme, la segunda película del director, también con David Verdaguer en el reparto, como en la anterior y en esta misma, no era capaz de alcanzarla.

Pero Los días que vendrán es un prodigio. Como narración, con las distintas capas de que se compone la película, el pasado de los padres de Vir, el presente del nuevo embarazo, los problemas laborales, los malentendidos entre ellos, los enfados y los buenos ratos.

Todo está reflejado en una película poderosa, llena de momentos brillantes, de diálogos inmensos, algunos sobrecogedores pero la mayoría llenos de un sentido del humor tronchantes con el que público rompe a reír a carcajadas.

Parte de la complicidad que generan Vir y Lluis con quienes los vemos desde la butaca la consiguen gracias a quienes los interpretan, David Verdaguer, el Goya al mejor actor revelación por Verano 1993, y su chica, la también revelación de la película, María Rodríguez Soto, que ganó el premio a la mejor actriz en Málaga y que merece hasta un monumento por su trabajo.

Sin pudor alguno, admitido por ella misma, nos muestra una Vir encantadora, salvaje, fuerte, una mujer que dice lo que quiere, en la cama y fuera de ella, pero que también plantea sus dudas y que no deja que la pisoteen. Acepta que su situación trae consecuencias pero también reclama la atención de que las cosas que afecten a los dos se consulten y se decidan entre los dos.

Verdaguer, un actor que no lo parece, pero lo que lo es, y excelente, nos presenta un Lluis que no se parece nada a él, en sus propias palabras, ya que David afirma no ser tan soso en la realidad, pero transmite tan bien los matices de su personaje que cuesta pensar que al gritar ¡Corten! David Verdaguer no siga siendo Lluis.

La pareja protagonista de Los días que vendran
La pareja protagonista se divierte discutiendo el nombre del bebé

Los días que vendrán es una película que recrea una realidad. Un casi documental hecho ficción que se ve como una película convencional, de fondo dramático pero llena de humor en su forma. Un humor que es una delicia. A veces sutil, por momentos descarnado al nacer de las reflexiones que la observación produce, y siempre como hilo conductor de una convivencia a la que asistimos con el asombro de quien ve la realidad plasmada con naturalidad en la pantalla.

Hay que tener mucho talento para que un film que se acerca a una pareja y en el que el guión desmenuza la experiencia de lo que vive en su embarazo resulte tan apasionante como si estuviéramos ante el thriller más absorbente del año. Hay que saber mover la cámara con la precisión con la que un cirujano maneja un bisturí para que en todo momento estemos pendientes de lo que les ocurre a Lluis y a Vir y nos impliquemos en sus vidas.

No solo por fuera, sino que también podamos leerlos por dentro. Sus expresiones, sus miradas, sus reacciones, todo lo que hacen lo hacen por algo, para demostrar algo, para decirnos algo. Sus estados de ánimo son tan patentes en los planos que Carlos nos muestra que no necesitan hablar para que los comprendamos. Hay libros que incluso abiertos no son tan claros.

Pero ellos no callan. Se dicen las cosas. A veces tarde, pero nada queda sin exponer, sin discutir. Aunque se estén conociendo sus cimientos son sólidos y de este modo también son un ejemplo. Porque el cine tiende a resolver los problemas con portazos. Ahí te quedas, piensa en lo que has hecho. Aquí lo piensan los dos. Nadie es menos que el otro, solo hay más miedo, pero este también se vence hablando.

Carlos Marqués-Marcet ha rodado una película asombrosa. Un film sin un solo pero, una obra de arte a la altura de lo que exige el mejor cine para ser calificado como tal. Una película que se ve con la frescura que contiene y que se queda con nosotros como si también los que la vemos estuviéramos embarazados. Lo estamos: como espectadores experimentamos cómo nos va creciendo dentro la sensación de estar viendo una de las mejores películas del año.

Silvia García Jerez

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