Un paseo por el bosque: Robert Redford sin Paul Newman

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Estamos tan acostumbrados a que se estrenen sagas juveniles de acción en la gran pantalla, tipo Divergente o Los juegos del hambre, una vez concluida la que hoy puede verse como telonera de aquellas, la protagonizada por el niño mago Harry Potter, que se hace raro comprobar cómo los actores veteranos también pueden mezclar sus aventuras con las de los treintañeros en la cartelera.
Es el caso de Un paseo por el bosque, la historia real de Bill Bryson, un escritor de edad madura, que decide emprender la ruta de los Apalaches, para la que se necesita una gran forma física por el tiempo y el esfuerzo que hay que invertir en lograr recorrerla. Pero no caminará solo, tendrá a su lado a Stephen Katz, un amigo de toda la vida con el que hace años perdió el contacto, que al enterarse del plan de Bryson se arrima al improvisado aventurero.

La idea contiene todo lo necesario para ser una obra maestra. Todas las películas nacen siéndolo, potencialmente hablando, otra cosa es que el proceso de creación que las lleva a cabo les haga bajar el listón… hasta dejarlas, a algunas de ellas, en suspenso, pero ni en un extremo ni en el otro se sitúa Un paseo por el bosque.
Básicamente, después de un inicio soberbio, con una entrevista surrealista al escritor que encarará el viaje, un comienzo que no solo bordea la comedia sino que se sumerge en ella, recordándonos los tiempos en que el cine americano no recurría a lo escatológico para provocar la carcajada, tras esos primeros y prometedores minutos, nos metemos en un largometraje del que siempre esperamos más. Más garra, más humor y mejores personajes cruzándose con nuestros héroes.

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Robert Redford, el escritor, y Nick Nolte, su pretendidamente entrañable amigo, son el centro de esta comedia de aventuras que avanza a trompicones, literal y figurativamente hablando. Una vez que comprobamos que la edad, excusa para la mofa, no supone una base tan rotunda como para justificar el género en que se enclava, el proyecto focaliza su interés en los dos protagonistas, que cumplen porque su prestigio de excelentes actores los arropa con naturalidad, pero que tampoco destacan porque ni el guion, basado en la novela del Bryson real, ni la dirección, que corre a cargo de Ken Kwapis, responsable de Hasta que el cura nos separe o Qué les pasa a los hombres, son precisamente los que el film necesita.
Y desde luego, uno no puede evitar preguntarse, mientras está viendo la película, si el compañero de fatigas de Robert Redford hubiera sido Paul Newman de haber estado vivo. ¿Habría querido hacerlo de poder seguir trabajando? ¿Le habría cedido el testigo a otro veterano como el que se hace cargo del papel del amigo? Nunca lo sabremos, pero tanto el concepto mismo de la cinta como alguna escena en particular que nos recuerda, inevitablemente, a Dos hombres y un destino, nos hacen preguntárnoslo.

Silvia García Jerez

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