LA HIGUERA DE LOS BASTARDOS

Título contundente, La higuera de los bastardos. Pocos podrían adivinar leyéndolo que se trata de una comedia costumbrista situada en los últimos años de la Guerra Civil española, y en algunos otros de la postguerra, pero el descubrimiento funciona como un telón que al levantarse da paso a la evidencia.
La higuera se refiere a la que el hijo de una de las víctimas de los paseíllos falangistas planta en el lugar donde su padre y su hermano mayor, también represaliado debido a que a su edad ya puede serlo, son enterrados tras su asesinato. Y que sea de los bastardos se explica cuando se cuenta que Rogelio (Karra Elejalde), el miembro de la Falange que lidera a los responsables de sus muertes, decide quedarse en ella para purgar un pecado al que también le tiene miedo.

La mirada de un niño en LA HIGUERA DE LOS BASTARDOS
La mirada de un niño da lugar al miedo de Rogelio en LA HIGUERA DE LOS BASTARDOS

Ana Murugarren dirige su segunda película, tras la interesante Tres mentiras, y sube su propio listón consiguiendo una obra ejemplar en la que el drama y el humor se mezclan con un acierto admirable.
Pero no esperen carcajadas. Puntualmente las habrá, pero es el tono el que le hace a la comedia estar presente. Porque sobre todo La higuera de los bastardos habla de un hombre arrepentido por el pavor nacido de una mirada, la de un niño que no ve con buenos ojos que se lleven a su padre y que su hermano sea arrastrado al mismo desenlace.
Un niño al que Rogelio cree capaz de todo para vengar a su enemigo, porque los chicos crecen pero no olvidan, y Rogelio está seguro de que el pequeño Gabino lo tiene siempre presente esperando el momento de actuar.
Por eso se instala al lado de la higuera, de la que el ayuntamiento le cederá la parcela y allí vivirá bajo el cobijo de una casa que solo encontrará en el techo y en la cama lo mínimo para pasar una existencia decente.
Eso sí, no estará solo, porque Cipriana (Pepa Aniorte), la mujer del nuevo alcalde (Jordi Sánchez) lo cuida con la protección de quien cree que la higuera tiene poderes beneficiosos, convirtiendo el lugar en sitio de peregrinaje y de espanto de los bastardos aludidos, que intentan borrar hasta el rastro de la higuera, y Ermo (Carlos Areces), el chivato del pueblo, seguirá merodeando por allí convencido de que bajo el árbol los muertos esconden un tesoro.

Carlos Areces, Ermo en LA HIGUERA DE LOS BASTARDOS
Carlos Areces, Ermo en LA HIGUERA DE LOS BASTARDOS

Si analizamos lo esbozado podremos concluir que La higuera de los bastardos es una locura. Una locura surrealista incrustada en un marco histórico que hace torcer el gesto. Un planteamiento que bien podrían haber firmado Luis García Berlanga en la dirección y Rafael Azcona en el guion pero en el que ambas labores han sido ejecutadas por Ana Murugarren, basándose en la novela La higuera, de Ramiro Pinilla.
Un esperpento, en el sentido Valle-Inclaniano del término, aderezado por las inconmensurables interpretaciones de Carlos Areces, actor cada día más capaz de desaparecer en sus personajes sin dejar rastro del cómico que conocimos en el genial grupo albaceteño Muchachada Nui, caracterización de maquillaje, vestuario y acento vasco incluidos, y de Pepa Aniorte, con la que no hace mucho nos tronchamos gracias a su murciana de Cuerpo de élite y que aquí vuelve a regalarnos risas imperecederas con frases que bien podrían haber dicho Chus Lampreave o Rossy de Palma.
Aunque el dueño de la función es, cómo no, Karra Elejalde, un genio dentro de cualquier género, en un personaje que parece heredado de aquel que interpretara en La madre muerta, por las sombras que la culpabilidad derrama sobre su conciencia, pero que hace único gracias a una descripción que solo a él podría quedarle ajustada.
El paso del tiempo se abate sobre su figura por medio de unos ropajes tan estrambólicos como irrisorios,

Cartel de LA HIGUERA DE LOS BASTARDOS
Cartel de LA HIGUERA DE LOS BASTARDOS

y por una barba que va a ir cambiando tanto como sus ideales bajo la higuera. Para quienes lo identifiquen con su Koldo del díptico de los Ocho apellidos vascos y catalanes, que sepan que aquí van a encontrar a un Karra distinto. Vasco, claro, pero en otro registro, en una dinámica más oscura que la del padre autoritario enamorado de una extremeña.

Todos ellos le dan a La higuera de los bastardos un lustre portentoso que se ve consolidado con una historia delirante en la que nuestro pasado es también el que, pretendidamente, tapa la naturaleza. Las noches, tan protagonistas como los días en la cinta, se ciernen sobre la oscuridad que ya de por sí habita en Rogelio, y éste se sobrepone a los días, meses y años con la esperanza de poder llevar a la cabo su penitencia.
La higuera de los bastardos podrá desconcertar a muchos. El cartel no es excesivamente llamativo pero su reparto debería llevar al público a los cines sin problema. Y descubrir, ya en la sala, que se trata de una comedia negra con el sabor de los ‘Patrimonios nacionales’ que hicieron inmortales a don Luis, redondea una experiencia que además de surrealista resulta ser llamativa, emotiva, arriesgada y plena.

Silvia García Jerez

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