JULIETA: viaje a la oscuridad

No es verdad. No es cierto que el tiempo lo cura todo. El tiempo logra, eso sí, que nos acostumbremos a vivir con el dolor que provocó la herida, pero en ningún caso consigue que nos olvidemos de aquello que en su momento nos devastó y que hoy sigue formando parte de nosotros. Un amor imposible, otro que se marchó y no volvió, un momento que lo rompió todo o alguien muy querido al que escribirle una carta porque no podemos prescindir de su memoria.
Julieta, la película número veinte de Pedro Almodóvar, se adentra de forma rotunda en el dolor de la ausencia, en el recuerdo del ser que no tenemos al lado y al que seguimos queriendo como el primer día. Y lo hace hablándole directamente, como si el espectador de la película no estuviera allí, como si la única oyente, futura lectora, fuera la persona a la que la Julieta madura de la película, Emma Suárez, escribe la carta en la que va desgranando ante la cámara el proceso que ha llegado a destruirla, a convertirla en el fantasma de la Julieta que fue, la de la joven Adriana Ugarte que la interpreta en sus primeros años.

Cartel de JULIETA
Cartel de JULIETA

Cualquier película, aunque no caigamos del todo en ello, comienza, de cara al público, con el cartel que reclama su atención desde la marquesina de los cines. Y desde que el director manchego comenzara a estrenar sus primeros trabajos, sabemos que los diseños de sus pósters no son como los de los demás. Almodóvar nunca lo ha sido, ni en la forma ni en el fondo de su obra, así que sus cartelerías no podían sino ir acordes con el concepto del profesional aventajado que es. Y en el caso de Julieta, unir en la imagen que vende la película a las dos mujeres que son la misma y separarlas por medio de una toalla, en clara alusión a uno de los momentos más significativos del largometraje, es, simplemente, un prodigio. Pocos carteles más bonitos veremos este año.

Después toca adentrarse en esa historia en la que el pasado se fusiona con el presente, en la que todos los personajes tienen algún dato que aportar de cara a completar un puzzle de piezas casi imposible de resolver, y en la que hasta el más pequeño detalle es tan importante como el primero en el que nos fijamos. Desde ese hombre anónimo que va a significar más de lo que imaginaste hasta esa foto que rompiste pero que intentas reconstruir, tanto en papel como más allá de él.

Personajes encarnados en su mayoría por enormes actrices de entre las cuales es muy difícil escoger a una. Es complicado sí, pero también es probable que para Emma Suárez este sea uno de los trabajos por el que se recuerde su carrera. Es una intérprete colosal a la que con estar en el plano ya le basta para brillar, pero no se detiene ahí su logro, porque su capacidad para expresar el dolor llega tan lejos como le pide el personaje. Julieta está rota y Emma nos lo muestra con total crudeza, con abandono, con la intensidad de la épica más dura de mostrar para un actor, esa que no se escapa de los márgenes de lo íntimo, la que sin gritar que necesita lo que perdió, lo anhela con desesperación.

Nathalie Poza y Emma Suárez en JULIETA
Nathalie Poza y Emma Suárez en JULIETA

Michelle Jenner, Inma Cuesta o Nathalie Poza son también fundamentales dentro del mosaico. Claro, que en medio de un amplio reparto femenino, siempre hay una interpretación secundaria que destaca y en este caso es la de Rossy de Palma. Eterna compañera del cine de Pedro, Rossy ha salpicado con arte prácticamente todas sus películas. Pero en Julieta da un paso más y se convierte en el centro del recuerdo que al espectador le queda al finalizar la travesía. Porque su Marian hace reír, pero sobre todo estremece. Se trata de un personaje oscuro que ofrece una visión completamente nueva dentro del espectro en el que Rossy se ha ido moviendo con auténtica soltura. Y lo compone con sensacional maestría.

Aunque no debemos olvidar a los hombres de la película, ni a Daniel Grao, el Xoan padre de Antía y punto de inflexión en la narrativa de la historia, ni a Darío Grandinetti, chico Almodóvar también en Hable con ella que aquí compone el rol de víctima involuntaria capaz de aportar luz cuando la ocasión lo requiere. Precioso ese dibujo de Lorenzo en manos del argentino.
Tantos personajes consiguen mezclarse sin compactar la trama, sin apelmazarla, teniendo cada uno su función específica, desarrollándola en lugares tan diversos como escenarios tiene la película. Un tren, una casa rural, un hospital, un taller, una cancha de baloncesto… y las cocinas. Esos recintos tan pequeños donde muchas mujeres desarrollan buena parte de su vida y de los que, paradójicamente, en el film no se obtiene nada bueno.

Adriana Ugarte en JULIETA
Adriana Ugarte en JULIETA

Belleza y tormento, eso es Julieta. Un Almodóvar a la altura de Volver, una de sus obras cumbre, que da de nuevo una lección de cine a quien esté dispuesto a disfrutarla. Miradas, silencios, culpas. No vemos únicamente paisajes que enmarcan personajes desolados, también nos asomamos a sus interiores, a sus miedos, a sus ocasos. Con lo que eso arrastra. Sin importar nada más. Porque el arte, cuando se entrega a sí mismo, recoge valores absolutos, y Julieta es tan grande como cualquiera de los que el film tiene representados, ya sea cuadros en lujosos salones, volúmenes literarios imperecederos o pequeñas figuras de terracota.

Silvia García Jerez

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