GHOST IN THE SHELL

Acostumbrándonos a lo artificial

 

Apenas nos damos cuenta pero esta realidad que nos rodea, cada día, es más artificial. Ahí están las flores de plástico naturalizando los hogares tecnológicos, la comida envasada con más aditivos que alimento y esos extras corporales como implantes, postizos, tatoos y hasta perforaciones, que transforman nuestro cuerpo sin perder la identidad; se supone. Parece pues, que somos la última generación de auténticos humanos, aunque convivimos ya con seres mejorados, mitad venas-mitad cables, que siendo los primeros en su género perfeccionan a toda la especie; se supone.

Pero ¿somos los mismos en esencia?, ¿la evolución implica cierta deshumanización?

La cuestión viene de antaño con la dualidad cuerpo-mente y aquello del alma ubicado en el corazón, aunque ahora lo coloquemos en el cerebro; pero según nos hemos ido civilizando, definiendo nuestra existencia, llegamos hasta este mundo virtual e hiperconectado con una inteligencia emocional cada vez más narcisista y una identidad que se difumina dentro y fuera red.
Esas mismas dudas filosóficas -como modus vivendi- persisten entre humanos, robots, avatares (o replicantes), traspasándose al cine en las adaptaciones de algunas novelas del visionario y setentero K. Dick, quien elevó profundamente la ciencia ficción.
Con Blade Runner, allá por los ’80, descubrimos esa espiritualidad post humanista, pero fue en los ’90 cuando Ghost in the Shell -un anime cuando la palabra no estaba ni en los diccionarios- nos acostumbró a una conciencia diferente, post moderna, en un universo futurista donde lo real escasea y lo humano es casi irreal. Una portentosa película de animación japonesa con atmósfera cyberpunk y androides buscando su lugar en el mundo, que algo más de veinte años después, estrena su versión de carne y hueso.
Ghost in the Shell, el alma de la maquina -frente la traducción de fantasma o espíritu en la concha- redefine al ser humano entre los hechos y los recuerdos.

Como todo adaptación algo pierde; ésta, simplifica el discurso y resulta menos poética, quizá en pos del blockbuster que vende en el cartel promocional, pero respeta la cinta original y al público actual que, fiel al signo de los tiempos y viendo lo visto, está más que acostumbrado a que las musas trabajen con remakes y éste al menos, se disfruta, aunque sea sólo por nostalgia.

Rupert Sanders dirige esta nueva adaptación (ya hizo una de Blancanieves y la leyenda del cazador), basada en el manga homónimo como la predecesora, pero la completa con la serie y la secuela; sobre esa chavala casi sintética, de anatomía con capacidades sobrehumanas, que intenta descubrirse dentro de un cuerpo prestado entre su nombre y su rango (Motoko Vs. the Major), dentro de un grupo policial de élite contra los cibercrímenes que impiden la integración de la tecnología y biología como avance de la humanidad.

Engancha tras el apabullante arranque con las geishas transformers y emocionan algunas secuencias de traspaso del dibujo a lo rodado, copiadas plano a plano; como esos aviones sobre las ciudades de neón con la publicidad que hipnotiza, y el baño en el mar junto a las medusas.

Referencias, interferencias y recuerdos 

Por supuesto que encontramos reflexiones a lo Blade Runner, con la criatura frente a su creador pidiendo haberle diseñado mejor y las gotas de lluvia en su escena final como claro guiño; además del valor de los recuerdos y su paralelismo con West World y Black Mirror, e interferencias de Minority Report y hasta de Robocop. También hay un poquito de Assassin’s Crew -por los chutes en la espina dorsal y los saltos al vacío para las inmersiones en distintos planos- y de Matrix -que fusionó más de lo mismo para el cambio de siglo-; pero es que Ghost in the Shell creó escuela con una cyborg-humanoide de cómic para adultos que rompió cerebros y pantallas, y es casi un evangelio.

Producida por Spielberg y Takeshi Kitano -que aparece cual cameo y vale verlo, diciendo en japonés que no se puede enviar a un conejo a cazar un zorro-, el filme cuenta también con Michael Pitt -especialista en personajes trágicos y raritos– y la internacional Juliette Binoche, elegante y eficaz como siempre. Pero a destacar la presencia gigante -en todos los sentidos- de Pilou Asbaek, con y sin lentes implantadas, como el verdadero amigo.

Llegados al final, Sanders reduce las divagaciones y apuesta por lo emocional de multisalasdesperdiciando un beso de burdel de la heroína mientras busca lo real más que la verdad, y  la obviedad de una madre reconociendo a su hija en la mirada (que igual da en unos ojos rasgados que occidentales pues ¿son el espejo del alma?)
Pero se le perdona todo, por nostalgia; hasta el cuerpazo irreal de Scarlett Johansson que aún sin transmitir mucho más que con el traje de látexpiel (futura tendencia o disfraz, aunque una prefiere el azulbuceo), conseguirá que el espíritu no se pierda ni se quede como un fantasma en la cáscara… Se supone.

 

Mariló C. Calvo 

 

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