A GHOST STORY: amor inmortal

A ghost story es la prueba, más palpable y etérea a la vez, de que el cine romántico puede seguir innovando y no quedarse en el tradicional argumento del chico conoce chica, chico pierde chica y chico recupera a la chica.
Aquí, chico y chica comienzan la película con su relación consolidada, en la casa en la que van a compartir hasta el último momento de la vida de él, que morirá en breve en un accidente de automóvil.
Pero su periplo no acaba ahí. Minutos después de ser despedido por su chica, con todo el dolor del mundo por su pérdida, C, que así denomina el guion al personaje masculino, se levanta de su camilla, sábana que lo cubre incluida, y dirige sus pasos a la casa en la que M no lo espera.
A partir de entonces C, o más bien su fantasma, seguirá atentamente los movimientos de M sin que ella sea consciente de ello y, sin poder hacer nada por revelar su presencia, será testigo de su rabia e impotencia por seguir su camino sola, pero también de la evolución de su duelo, que la lleva al lógico cambio de vida que trae consigo el paso del tiempo.

Rooney Mara y Casey Affleck en A GHOST STORY
Rooney Mara y Casey Affleck en A GHOST STORY

A ghost story es, posiblemente, la historia de amor más dolorosa que hayamos visto en una pantalla desde que Michael Haneke nos sacudió con Amor. A partir de la sencillez de un actor cubierto por una sábana, que los créditos aseguran que es Casey Affleck en todo momento, y que en cualquier otro título nos llevaría inevitablemente a la risa que produce que un drama se tome en serio un disfraz más propio de Halloween, A ghost story construye el esqueleto del voyerismo en la dimensión más romántica posible, la platoniana.
Acompañar al ser querido una vez fallecido y ser testigo de su dolor es uno de los actos que más pueden afectarnos como espectadores. Esa larguísima escena en la que Rooney Mara, la M de este cuento, se come una tarta de chocolate es tan desgarradora como aquella otra de Azul, del polaco Krzysztof Kieslowski, en la que Juliette Binoche se destrozaba los nudillos de la mano derecha pasándolos sin contemplaciones por la pared junto a la que caminaba.
Pero ya antes nos habíamos percatado de que A ghost story nos estaba mostrando el amor en todo su esplendor en una escena de cama tan romántica, tan carnal sin necesidad de acudir al sexo en ningún momento, que desarma nuestras defensas y nos hace partícipes de la expresión de un sentimiento en el que, solo con mucha suerte, podríamos vernos reflejados.
De este modo y tras haber asisitido a una explosión de amor tan intensa comprendemos la desdicha del fantasma y entendemos que dedique su tiempo libre, todo el del universo, a esperar a la que ha sido la mujer de su vida. Aunque sea a costa de asisitir a la efímera existencia de otros seres que nunca tendrán la importancia de aquel.

Rooney Mara en A GHOST STORY
Rooney Mara y la tarta de chocolate de A GHOST STORY

A ghost story, dirigida por David Lowery, como ya hiciera con En lugar sin ley, vuelve a contar con la pareja protagonista de esa cinta, Casey Affleck y Rooney Mara, en lo que, jocosamente, podríamos considerar su secuela. Nada que ver una película con la otra, ni sus personajes, pero es curioso recordar dónde acababa aquella y en qué lugar comienza esta.

Tampoco el tempo se le parece. A ghost story es reposada, reflexiva. Tanto que o te agota o te mete de lleno en el ejercicio que plantea. Pero es fácil dejarse llevar por su narrativa, absorbente en todo momento, con acontecimientos que no te sueltan, que generan una inquietud respecto al qué pasará después.
Buena culpa de ese acierto la tiene el montaje, obra del propio director, que crea unas elipsis que deja en un juego de niños las tres que a principios de año tanto se alabaron en Moonlight, la ganadora del Oscar por encima de La La Land.
También es llamativo el formato que utiliza la película de la que hablamos. El ratio 1:33 del cine mudo, con el que estaba filmada esa maravilla titulada I am a ghost, de H.P. Mendoza, otra historia de fantasmas extremadamente original pero al contrario que ésta con mucho diálogo, es el cuadro con el que Lowery nos acerca a la suya, una cinta prácticamente silente que rara vez se aleja de los gritos con los que nos hablan las estrellas.
A ghost story es una película difícil, no se trata de un film para todos los públicos. Posiblemente no haya muchos espectadores preparados para ver lo que la cinta nos va a enseñar, para asistir a unos trabajos interpretativos que son pura emoción, basados en la contención y en la expresión de los sentimientos a través de caricias y miradas.
Una vez que hemos aceptado que debemos reflexionarla y sentirla tal y como lo haríamos con una relación en la que las palabras sobran porque ya están previamente dichas, A ghost story puede convertirse en una de las mejores experiencias cinematográficas de lo que llevamos de año. La poesía con la que llena sus imágenes y el poso de desolación que nos deja el conjunto no merecen menos.

Silvia García Jerez

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