EL PASTOR – The Shepherd

EL PASTOR – Entrevistamos al director Jonathan Cenzual Burley

Entre la tierra y el cielo

 

Anselmo vive en medio de la nada. En una casa que apenas es una estancia donde duerme, come y se asea. Sin televisor ni teléfono y por calefacción, el calor de la leña.
Todo su mundo está en ese rústico hogar entre austeras paredes, rodeadas de llanuras castellanas.
Ahí nació y lleva más de medio siglo siendo libre y el rey del lugar. Junto a su mastín Pillo y con sus ovejas por compañía y medio de sustento, compartiendo la vida según los ritmos de la tierra y el cielo; como antaño. Y parece no necesitar más. Si acaso, alguna ave que caza, algún cigarrito que lía, los libros prestados de la biblioteca municipal y los chatos del bar, cuando ronda el pueblo donde todos le conocen por su nombre y oficio.
Anselmo es El pastor.
Un tipo rudo, sin duda, pero asimismo elegante y culto, aunque algunos le tachen de raro, sucio y tonto. Un hombre tranquilo que no pierde el tiempo, consciente de que de algo hay que morir y acorde a la grandeza de la sencillez del día a día; sin más, que no es poco.
Pero la morada de Anselmo no sólo es su tesoro, donde es dueño y señor, además es terreno deseado por sus vecinos y una constructora, que planea una urbanización de esas que se anuncian con una familia feliz en pos del progreso.
Entonces es cuando las nubes cambian.
Y los horizontes se vuelven más ásperos aún, llenándose de rumores, avaricia, fuego y piedras; mientras tanta nobleza, justicia y cabezonería coincide en una violencia irracional y salvaje por un cuantas hectáreas, por un trozo de campo, por una modo de existir. Y ahí se queda El Pastor.
Un interesante film entre el humanismo y la crítica social. Entre Unamuno y Delibes. Entre el cine de autor y el thriller de serie.

Con un arranque en un tempo entre amaneceres y crepúsculos, fascina la belleza de esa trashumancia casi de documental y el pulso contemplativo al que nos somete El Pastor.
Pero según avanza la cinta y nos acercamos a las cuestiones de la urbe, la narración se acelera en paisajes que alcanzan lugares comunes al cine negro y al espíritu del western. Rozando siempre, un naturalismo casi extremo. También en las interpretaciones, destacando a el pastor (rotundo, Miguel Martín), que mantiene la verdad en cada mirada y silencio hasta el imparable final.

Puede resultar previsible en algún momento, pero triunfa la inquietante dirección del británico-salmantino Jonathan Cenzual Burley, quien logra pulir sus autodidácticas maneras fílmicas en ésta, su tercera película.
Estrenada en el extranjero antes que su hogar en la meseta, el realizar que además participa en el guión y la fotografía, consiguiendo apropiarse y personalizar una tensión claustrofóbica que pertenece a esa literatura de entorno rural; escapándose de cualquier posicionamiento moral, convence al familiarizarnos con los porqués de cada cual entre el miedo al inevitable cambio y la mentira de la evolución como adaptación. Mientras engrandece la tragedia con humor y ternura (fantástica la secuencia del bus con la bibliotecaria), sin renunciar al terror (con esa inquietante visita al matadero). Encontrando ahí reminiscencias tanto de Puerto Hurraco, como del enfrentamiento campo-ciudad de Las ratas, que junto al abuso del poder en los distintos estratos sociales de Los santos inocentes, ya escribió Delibes.

Y entre Migueles terminamos, con otro también paisano, el gran Unamuno, al que robamos alguna de sus frases para entender el inevitable cierre del filme: Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento… Procurando ser más padres de nuestro porvenir, que hijos de nuestro pasado.

Ahí queda.

Hablamos con Jon Cenzual de esto, aquello y del rodaje de El Pastor.

Jon Cenzual Burley - El Pastor

La Cronosfera: No eres un director al uso y apenas tienes preparación cinematográfica, pero tienes tres películas estrenadas internacionalmente.

Jon Cenzual Burley: Hechas sin un duro. El alma de las moscas la hice con una videocámara Canon HV20, de esas con la ventanita, que graba en HD a cinta sin comprimir; es la única y a mí, me sigue impresionando. Pero todo comenzó cuando le dije a unos amigos que quería rodar una película. No pedimos ni una subvención porque yo no he estudiado cine y qué ayuda me van a dar… Es verdad que había trabajado durante cuatro meses en una peli en Argentina, pero para la mía, contacté a través de un blog de estos de guionistas y cine, con unos chavales que se apuntaron enseguida. Grabamos en la casa de mi padre porque podíamos estar gratis y ahí, ya estaba Norberto Gutiérrez, que sigue siendo mi ayudante de dirección. Pero entonces éramos sólo siete y quien no estaba actuando, cogía el micro, o hacia otra cosa… La presentamos a festivales y la aceptaron. Creo que es la película más barata estrenada en Festival Karlovy Vary, en toda su historia, y sigue en algunos cines en Inglaterra, pero aquí es como uno de esos chirimbolos de paja del oeste… Con la segunda practicamos la misma estrategia, pero con ésta pensé que ya estaba bien para aprender. Así que realizamos un micro mecenazgo. Además, conseguimos un par de subvenciones de Salamanca, del ayuntamiento y su diputación, y algo más de dinero privado. Entonces, ya es otro modelo de hacer cine; más profesional, incluso con los actores y el sonido. Antes todo era más caótico… Es verdad que quizá, se pierde parte de la diversión de las primeras películas, pero hemos venido hacer un producto y es necesario ser meticuloso. Yo soy muy serio. Por eso nunca hay making of en los DVD de mis películas, porque serian un poco amargados y con un tipo siempre cabreado… (risas)

L. C.: A priori no lo pareces.

JON C. B.: Soy bastante absolutista. Soy perfeccionista. Creo que hay que serlo. En cuanto a mi trabajo, las cosas se hacen bien; además, se tarda lo mismo en hacerlo bien.

L. C.: ¿Qué cámara utilizaste para El Pastor?

JON C. B.: Usamos 3. Pero la mayoría fue con una FS 700 Sony que me prestaron… El problema es que el pastor no estaba en las fechas que la tenía y con la buena, no quería grabar las escenas de las ovejas por si se rompía o la pisaban.

L. C.: ¿Incluidas las escenas del rebaño agrupándose y las del abrevadero?

JON C.B.: Esas son con dron, pero el resto con la Canon 1200d que Fede, el supervisor de guión y amigo desde hace 15 años, me regaló. Fuimos al Corte Inglés y dijo: Esta es mi aportación a la película.

L.C.: Gran amigo.

JON C.B:: El tío es un fenómeno.

L.C.: Te profesionalizas, pero vuelves a Salamanca. Imprescindible ese paisaje en esta historia.

JON C. B.: Exacto. Vale que en las primeras pudiera ser por abaratar, que ya lo decía Robert Rodriguez cuando rodó El Mariachi: haz la película con lo que tienes. Y es lo que yo tenía. Pero en ésta vuelvo a propósito a Castilla, porque tenía que ser allí; en la zona que conozco y en los sitios que quería. También es verdad que todo lo que me ignora el ICAA, lo tengo con el apoyo de Salamanca, pero si visualmente no hubiera funcionado… Pero es que La Armuña es perfecta.

L.C.: ¿Por qué ha tardado en presentarse aquí? ¿Por qué funcionaba mejor tu cine fuera?

JON C.B.: Cuando hablé con productoras en Inglaterra, quisieron la película, mientras que aquí ni me contestaron, simplemente ¡Si supiéramos por qué sale una peli y otra no!
Cada película tiene su mérito y hay que dar la opción al público de poder ver este tipo cine y el de superhéroes, también. A veces se pone el buen cine en lugares donde uno no puede llegar y hay películas que ni se sabe que existen, porque es difícil verlas entre tanta peli de turno… Es como que en el mundo del cine, no hay diferentes ligas; eres un Peso Pluma contra un Tyson. Juegas con esas situaciones. Así que dime, ¿qué puedo hacer yo contra el autobús de Gru?

L. C.: Es otro público, creo. Pero a mi me interesa El Pastor y también Gru me encanta ¡y  los Minions! (risas)

JON C. B.: Gru me mola. Los minions me caen peor (risas). Pero hay que entender que la prensa también tiene algo de responsabilidad al intentar ponernos en diferentes bandas; el cine autor, que parece difícil de explicar porque hay que ser un erudito, o el cine independiente que es cuando lo has hecho de manera que no estás arraigado a un estudio. Hay cine comercial que es muy bueno; X-Men, por ejemplo, pero hay otras que empiezan a repetirse como Batman contra Superman. ¡Y Suicide Squad! ¿Qué es eso? Vale que lo vi en un vuelo de British Airways, pero era insufrible…Claro, que esa se encuentra en las opciones de ver durante vuelo y El pastor no aparece en su pequeña pantalla.

L.C.: Tu pastor es un hombre leído, ¿qué libros retira de la Biblioteca?
JON C. B.: ¡Por fin! ¡La pregunta que siempre pensé y llevo esperando!
L.C.: (risas) Me pica la curiosidad. Se queda en la K. Devuelve Dickens y apunta que es divertido. Se lleva uno sobre Picasso, recomendado por la bibliotecaria, pero no sabemos cuáles elige.

JON C. B.: Devuelve Dickens. Y coge Kerouac.
L.C.: ¿En el camino?
JON C. B.: No lo había en la Biblioteca, así que se lleva Los vagabundos del Dharma. Y se lleva algo de Bolaño. Es un guiño, un homenaje a Fede que se cabreaba cuando no nos contestaban y luego recordaba siempre que a Bolaño le pegaron en las narices con muchas puertas y tardó mucho en conseguir éxito, en que le reconocieran como genio… Originalmente, dejaba Delibes y se llevaba Unamuno.

L. C.: Cómo trabajaste con Miguel… ¿ Y con las ovejas y el perro?

JON C. B: Pillo es mi perro. Bueno, es perra y lo adopté. Se escapó de una finca e iban a sacrificarle; ahí, cerca de mi casa. En muchos planos se queda fuera o se va a los lados, porque era donde yo estaba… Trabajar con Miguel fue duro. Pero es trabajar conmigo es lo duro, porque soy muy pesado y no paraba de decirle mira aquí, y ahora otra vez a aquí, y mira para arriba… Él da la vida a esos movimientos. Miguel lo borda y aunque la labor del director es conseguirlo, trabajamos mucho a Anselmo, hasta cómo respira y movía las fosas nasales… Hubo una relación muy buena; no se quejaba, cogía lo que le daba y lo devolvía de una manera más potente.

L. C.: Como esa mirada final que parece que no ve ni entiende.

JON C. B.: Es también un adiós. Se está despidiendo… Aunque creo que luego, en juicio, alegarían psicosis temporal (risas)

L.C.: Un final sin salida, como dando la razón a aquellos que le llamaban obtuso.

JON C. B.: Está hecho un poco para joder, la verdad. Quiero que la gente se revuelva. Hace falta. Hay toda una discusión filosófica detrás que Fede y yo tuvimos mucho. Para él, Anselmo se convierte en mala persona pero yo, de alguna manera, lo entiendo… Aselmo es feliz con lo que tiene, ¡ojalá yo pudiera proyectar eso! Pero no hay que olvidar que para alcanzar tus logros y ser feliz, nunca hay que perder el compos mora y además hay que lograrlo sin pisar a los demás… Paco es el verdadero tonto y cabezón -como cuando se te olvida porqué te has cabreado y no eres capaz de salir del enfado-; con esa mujer petarda, son new rich, pero ella ve la luz…

L. C.: En un pozo. Una secuencia rodada bajo en agua, además, que precipita el conflicto. Como esa música que acompaña el metraje y la fotografía de la que también te ocupas, diferenciándose de influencias.

JON C. B.: Cinematográficamente hablando, dicen que El pastor es un western; quizás uno moderno, pero como una de esas pelis del oeste con personajes de tres dimensiones y no arquetípos. Aunque le debo más a películas como Winter’s Bone y No es país para viejos, que a las de vaqueros.

L.C.: Estás con un nuevo proyecto, ¿Será en tierras castellanas?

JON C. B.: No se dónde, pero no va a ser muy feliz, te anticipo. Ni rural ni costumbrista. Algo totalmente distinto. Será una película mía, con esos planos lentos que luego van a tensión; pero a lo mejor, cambiando cuándo empieza esa tensión.

Y ahí nos quedamos.
Nos hemos extendido en el tiempo. Y ya apremian otros medios que le reclaman.

 

Mariló C. Calvo

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