AMERICANA 2017: Pornografías diferentes.

En el año 2016, Lady Gaga subió al escenario de la gala de entrega de los Óscar acompañada de las protagonistas del documental The hunting ground de Kirby Dick para cantar la canción nominada al Óscar Till it happens to you. Eran todas ellas víctimas de abuso sexual en las universidades estadounidenses y sus casos eran retratados en la película mencionada.

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Lady Gaga, bien acompañada.

Pues bien, el equivalente masculino a este trabajo bien podría ser la película de Andrew Neel, Goat que acabamos de ver en esta cuarta edición de la muestra de cine independiente estadounidense de Barcelona, Americana.

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Cabra.

Goat acierta en primer lugar con empezar su historia, no con la llegada el novato que va a ser víctima de los abusos a la universidad, sino durante las vacaciones previas cuando, al salir de una fiesta, unos tipos que estaban en ésta le roban el coche y pegan una paliza. La sombra de este hecho planea por toda la narración sin que el director conjuntamente con sus guionistas David Gordon Green, Brad Land y Mike Roberts caigan en la obviedad al reutilizarlo.

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Una cabecera que recuerda a la de Animales Nocturnos.

Acierta también al convertir en hermanos a los dos protagonistas (excelente Ben Schnetzer) y, sobre todo, en evitar todo tipo de condescendencia con los hechos narrados. En las películas protagonizadas por marines, este tipo de “ritos iniciáticos”, por muy criticados que parezcan a primera vista son siempre redimidos por el los “grandes ideales” (patriotismo y sacrificio) que los ampara. En el caso de las novatadas extremas que salpican Goat, no existe nada más que la más extrema estupidez (por parte de los victimarios pero también de las víctimas) lo que provoca que la crueldad se muestre desnuda.

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Cara a cara con un Jonas Brother.

Es precisamente esta última consideración el principal fallo que le encuentro a Goat, ya que, como ocurre en casi toda la filmografía de Oliver Stone, Green acaba haciendo espectáculo de aquello que quiere criticar. O dicho de otra forma, la repetición sistemática de crueldades hace pornografía de la violencia que quiere criticar.

Como si para denunciar los abusos sexuales, Kirby Dick hubiera recreado las violaciones en su documental.

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También cae en cierta pornografía (sentimental en esta ocasión) Josh Mond en su James White. Un largo con dos partes claramente diferenciadas, una primera centrada en un hombre en la treintena que ha de intentar encajar en su vida el cáncer que sufre su madre y una segunda basada casi en exclusiva en la agonía de ésta.

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A sufrir.

Por muy brillante que esté Cynthia Nixon incorporando a la progenitora, la segunda hora del film no deja de ser una versión endulcorada de Amor (2012) de Michael Haneke , lo que vulgariza una película que había encontrado un enfoque nuevo a un tema muy tratado por el cine y que, lamentablemente, lo abandona en aras de lo obvio.

Por KARINA TIZNADO.

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